miércoles, 16 de abril de 2014

El tranvía

Mis primeros cuatro años de vida (es decir, de 1955 a 1959) viví en lo que en mi familia siempre llamamos "la casita de la vía", porque estaba justo a un lado de la vía del tren (en realidad tranvía) que iba de Tlalpan a La Villa de Guadalupe, pasando por el Zócalo (a éste se hacía una hora; a La Villa, hasta dos). La casa se encontraba en la calle de Coapa, casi esquina con Ferrocarril, en la colonia Toriello Guerra de Tlalpan, justo en el predio donde hoy está la escuela activa Bartolomé Cossío.
  Durante 1960, vivimos en el departamento de mi abuela materna, en la colonia del Valle (calle Roberto Gayol), hasta que ya en 1961 nos mudamos a la casa de Magisterio Nacional No. 84 donde viviríamos catorce largos años.
  Sin embargo, el tren sería fundamental para mí hasta mediados de la década de los sesenta, cuando ingresé a la "Ciudad de los niños, Espíritu de México", un colegio salesiano para varones que era la escuela particular más exclusiva de Tlalpan y donde estudié quinto y sexto años de primaria, en 1965 y 1966 respectivamente. El "Espíritu" estaba y sigue estando sobre avenida Ferrocarril, a un lado de lo que hoy es Médica Sur (en aquel tiempo, una serie de terrenos baldíos en algunos de los cuales se podía jugar futbol).
  De mi casa al colegio había una considerable distancia (unos tres kilómetros), por lo que solía caminar hasta la estación del tranvía (un lugar maravilloso, situado en Madero y San Fernando, a dos cuadras del centro de Tlalpan) y ahí abordarlo, ya que había una parada justo enfrente de mi escuela, cinco minutos antes de llegar a Huipulco. El boleto costaba treinta y cinco centavos, aunque existía la opción de comprar un abono semanal cuyo precio francamente no recuerdo, pero que debió ser de dos o tres pesos.
  Aún llevo en mi mente y hasta en mi cuerpo el acompasado sonar del tranvía al avanzar sobre los rieles. Era muy divertido tomarlo, pero era muy divertido también caminar a lo largo de la vía, sobre los durmientes, cosa que hacía a menudo, sobre todo a la salida del colegio.
  Fue en los años setenta que suprimieron el tren de Tlalpan a la Villa. Ya antes habían cerrado la estación que más tarde se convertiría en biblioteca e improvisaron otra, muy sin chiste, al otro lado de San Fernando, misma que duraría algunos años. Los durmientes desaparecieron y la vía corría directamente sobre el asfalto, lo cual ya no era tan bonito. Hasta el sonido de los vagones al transitar cambió.
  No sé cuál sería la última vez que lo utilicé, pero el hecho es que recuerdo con gran nostalgia y cariño al tren de Tlalpan, el tranvía que me transportó con graciosa lentitud y deliciosa pachorra durante una buena parte de mi niñez.

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