miércoles, 2 de diciembre de 2015

Memorias de mis yoyos tristes

Nunca fui un buen jugador de yoyo. Jamás pude realizar suertes como “El columpio”. “El perrito” medio me salía y al tratar de hacer “La vuelta al mundo”, varias veces me llevé tremendos yoyazos en la cabeza (o la choya, como le decíamos cariñosamente a la tête en esos mis tiempos de niño y adolescente).
  Aparte estaba lo de la situación económica de mi familia. Pertenecíamos a una clase media bastante venida a menos y muchos de los juguetes que sus papás regalaban a mis amigos y primos de mayor capacidad económica, para mí se quedaban en el mundo de los sueños incumplidos y los anhelos frustrados. Esto quiere decir que los yoyos que llegué a poseer eran aquellos baratones y chafitas que vendían en la mercería de la esquina. No recuerdo haber tenido aquellos maravillosos yoyos de las marcas Ledy o Duncan (también la Coca Cola sacaba unos) que se anunciaban en la tele en blanco y negro y que eran carísimos. Recuerdo el yoyo Mariposa o el Majestic, aquel modelo transparente en colores rojo o azul. Si llegué a tenerlos en mis manos y sentir su delicioso deslizar por la cuerda, fue porque algún amigo o primo me lo prestaba “un ratito”.
  Cada año era temporada de yoyo y hasta se hacían concursos a nivel nacional. Había tremendos yoyistas (¿o yoyeros?) y uno se quedaba boquiabierto al verlos en la tele e ilusionarse con que algún día sería capaz de realizar tan fantásticas suertes y hasta ganar un viaje a Disneylandia o algún súper juguete de la juguetería Ara.
  Sueños guajiros.
  No voy a decir que mi afición por los yoyos fue muy grande o que me duró mucho tiempo. Digo, tampoco fui bueno con el balero o con las canicas (me criticaban porque tiraba “de uñita” y de todos modos lo hacía mal). Tal vez por eso fui más dado a inventar mis propios juegos, bajo mis propias reglas y que jugaba solo y mi alma. Eso sí que era un yo-yo.

jueves, 1 de octubre de 2015

Giovanna (una pequeña historia italiana)

Giovanna Moya Rossi de niña, en una bellísima
fotografía de su padre, Rodrigo Moya.
Sucedió en 1973. Yo tenía dieciocho años y ella catorce. La conocí por mi hermano Sergio, ya que la invitó a participar en su película Qué tiempos aquellos de la que yo había escrito el guión. Se llamaba Giovanna y en aquel momento yo sólo sabía que era prima de Alejandra Moya (una joven muy guapa que también participaba en la cinta) y sobrina de la coreógrafa Colombia Moya (madre de Alejandra). Me enamoré perdidamente de Giovanna. Me fascinaba. Era delgada, blanca, de cabello oscuro, me parecía una preciosidad. Yo era muy tímido y apenas me atrevía a cruzar palabras con ella. Nunca me atreví a decirle cuánto me gustaba. En realidad aquello duró unos pocos meses, ya que al terminar la filmación no volví a verla y jamás se me ocurrió buscarla. El momento de mayor intimidad que recuerdo con ella fue una ocasión en que nos quedamos a solas por unos minutos en la combi de Sergio: ella en la parte delantera, yo atrás, una parte a la que no entraba mucha luz. Giovanna me miró y me dijo "pareces un fantasma". No sé por qué, pero aquello me encantó y a más de cuarenta años de distancia no lo olvido. Incluso usé esa frase en una canción que escribí, en una línea que dice "recuerdo oírte decir 'fantasma'". De hecho, le compuse una canción llamada "Dejaste abierta la puerta". Dos o tres años después, me enteré que se había matado en la carretera. Creo que iba con un novio y se volcaron en un coche. Cosas caprichosas de la vida: en los años ochenta entré a trabajar como redactor y reportero en la revista Técnica Pesquera que dirigía el gran fotógrafo y editor Rodrigo Moya. Resultó que era el papá de Giovanna y que seguido recordaba a su hija accidentada. Jamás me atreví a decirle al buen Rodrigo (curiosamente siempre nos hablamos de "usted") que yo había estado enamorado fugazmente de su hija. La madre de Giovanna era una catedrática italiana de la Facultad de Filosofía y Letras: Annunziatta Rossi (si no me equivoco, hermana del filósofo Alejandro Rossi). Tenía padres y tíos ilustres la Giovannita. Hoy tendría cincuenta y seis años. Era tan bonita, aún la recuerdo con ternura.

Giovanna, de túnica rosa (extremo derecho), en 1973, durante la filmación, en Las Estacas,
Morelos, de ¡Qué tiempos aquellos! La acompañan, de izquierda a derecha, Daria,
Alejandra Moya (de túnica amarilla), Sergio García y Tina French.

jueves, 23 de julio de 2015

El "especial" que dio origen a La Mosca

En 1992, trabajaba como guionista de historietas en Editorial Ejea y colaboré en un breve número especial de U2, realizado con el pretexto de la primera visita a México del cuarteto irlandés. Acababa yo de publicar en El Financiero la traducción de las letras del Achtung Baby y le propuse a Jaime Flores republicarlas en su especial. También le solicité escribir el texto principal del número, pero no confió mucho en mí y prefirió dárselo a Pablo Queipo, en aquel entonces director de la chafísima revista Rock América y mejor conocido –irónicamente, por supuesto- como “El Jann Wenner mexicano” (Pepe Návar lo bautizó así). Ni modo.
  Poco después, se me ocurrió retomar mi vieja idea de hacer una revista de rock y en diciembre de 1992 se lo comenté a Jaime Flores. “Preséntamela por escrito”, me dijo. En dos hojas tamaño carta, escribí entonces -en mi vieja maquina Olivetti Lettera- el proyecto y se lo mostré a una linda chavita de veinte años que trabajaba en la misma editorial, como redactora de la revista musical de pop Atrevida. Su nombre, Karem Martínez. A Karem le encantó la idea, me sugirió algunos cambios, me ayudó a hacerle algunas adecuaciones y ella misma le llevó aquellas dos hojitas a Jaime. Todavía no sé qué tanto le debo a la labor de convencimiento de quien hoy sigue siendo mi gran amiga para que Jaime Flores haya terminado por aceptar y dar luz verde a aquella incipiente revista de rock que ni siquiera tenía nombre.
  Lo que sí creo es que, sin la existencia del aquel especial de U2, La Mosca en la Pared quizá nunca hubiera existido.

jueves, 16 de julio de 2015

De paseo al aeropuerto

Estoy leyendo El cerebro de mi hermano, la dura pero a la vez amena novela corta de Rafael Pérez Gay, en la que cuenta los últimos días de su hermano José María y su relación con el mismo. Ya cuando la termine haré aquí la reseña. Si la menciono ahora es porque en un pasaje de la misma, Rafael refiere que cuando era niño, sus papás lo llevaban de paseo al aeropuerto de la ciudad, para ver la llegada y salida de los aviones.
  Yo también disfruté de esa diversión cuando tenía ocho o nueve años y, en efecto, mis papás también nos llevaban en el carro, a mí y a mis hermanos Myrna y Jorge, desde Tlalpan hasta las rejas del aeropuerto que daban a una avenida desde la que se podían ver sin problemas las pistas de la central aérea. Ahí nos pasábamos las horas, felices de la vida. Sergio ya estaba grande para eso, pero igual llegó a ir con nosotros. Ivette no había nacido todavía. Hablo de mediados de los años sesenta y gracias a la novela de Pérez Gay recordé aquellos felices y emocionantes momentos que quizás hoy parezcan demasiado simples, pero que en aquellos días constituían un entretenimiento fabuloso y además gratuito. Ver los despegues de las aeronaves o el momento en que descendían y aterrizaban era en verdad muy padre. "¡Mira, allá viene uno!", gritábamos desde que veíamos un punto en el cielo, el cual se iba haciendo cada vez más grande hasta tomar forma de avión y llegar a las pistas. Era genial.
  Tengo la idea de que ya por ese entonces estaba el avión-restaurante, de lo que no me acuerdo es de si alguna vez llegamos a entrar.
  Lindos recuerdos de infancia.

lunes, 1 de septiembre de 2014

La vida en rosa de Manuel Ávila Camacho

Un día, hará unos diez años, Fernando Rivera Calderón me llamó por teléfono para decirme que un amigo suyo lo había invitado a una comida y le había pedido que me llevara a la misma, porque era fiel lector de La Mosca en la Pared y quería conocerme. El amigo de marras era Manuel Ávila Camacho, a quien yo sólo conocía de nombre y como un personaje ligado de una y muchas maneras a los mundos de la política mexicana, la cultura, la farándula y el jet set nacional e internacional. La cita era en La Bodega, en la colonia Condesa, y ahí llegué junto con Fernando. Me presentó a Manuel y éste nos hizo sentar ante una larga mesa, llena de comensales. No había una sola representante del sexo femenino y tuve la impresión de que Rivera Calderón y yo éramos los dos únicos heterosexuales. La comida se prolongó hasta la noche y resultó muy agradable, sobre todo porque Ávila Camacho –un hombre bajito, de aspecto frágil y delicado- se portó como un magnífico anfitrión y un muy divertido y ameno conversador, un fábricante de anécdotas en las cuales aparecían nombres que iban de Jim Morrison a María Félix y de Severo Sarduy a Lorena Velázquez.
  Uno o dos años después, hubo una nueva invitación –otra vez por intermediación de Fernando- a una nueva comilona, esta vez en una cantina de la avenida Coyoacán, en la colonia Del Valle. Era el cumpleaños de Manuel y había más gente que la vez anterior, pero otra vez no había mujeres (bueno, estaba la actriz-actor Libertad) y me pareció notar -de nueva cuenta- que los únicos heterosexuales éramos el buen Fer y yo, además del indescriptible Pancho Cachondo. Todo estuvo muy divertido. Cominos y bebimos sin medida y al final quedé con Manuel de que alguna vez tendría que entrevistarlo para La Mosca sobre todo aquello en lo que él había tenido que ver con el rock, en especial cuando escandalizó a la mocha e hipócrita sociedad mexicana de fines de los sesenta, al traer a Acapulco la rock ópera Hair, y cuando llevó al mismísimo Jim Morrison a la casa presidencial de Los Pinos, en los tiempos en que el primer mandatario de la nación era nada menos que el ominoso Gustavo Díaz Ordaz. Según Manuel, junto con el hijo rocanrolero del ex presidente armaron un fiestón en el cual circuló toda clase de estupefacientes y en el que el Rey Lagarto era el invitado de honor, hasta que el propio Díaz Ordaz bajó en bata para acabar con el reventón.
  Varias veces hablé con Ávila Camacho por teléfono, pero nunca lo volví a ver. De hecho, quedó en enviarme a una persona para que recogiera un paquete de ejemplares atrasados de La Mosca que le ofrecí, pero jamás lo mandó. Lo de la entrevista estaba en el aire y lo seguía estando sin que alguno de los dos se apresurara por llevarla a cabo. Como que nunca me imaginé que pudiera irse como se fue, tan repentinamente, un día de octubre de 2007. De hecho, me enteré de su muerte hasta poco después, al ver una nota en la sección de espectáculos de Milenio Diario. Me dejó helado. Yo no era tan amigo suyo como para que me hubieran avisado de su funeral, pero sé que Fernando sí acudió al mismo y se asomó a la caja para cerciorarse de que el difunto era Manuel y no un muñeco. Bien pudiera tratarse de una broma macabra del sarcástico personaje para burlarse de sus amigos y enemigos.
  Una de las mayores ironías de todo esto es que desde hace casi quince años yo vivo en una calle que lleva el nombre del padre de Manuel, es decir, Maximino Ávila Camacho, un personaje a quien la historia oficial le ha cargado el sambenito de siniestro y asesino, aunque Manuel siempre lo defendió a capa y espada. Incluso, aseguraba que su padre había sido un hombre bueno y generoso y que dado el poder que tenía, muy posiblemente hubiera sido el sucesor en Los Pinos de su hermano, el presidente Manuel Ávila Camacho, pero que éste lo habría mandado envenenar para favorecer a Miguel Alemán Valdés. Eso contaba el también cineasta, quien conocía al dedillo las historias de todas las primeras damas mexicanas del siglo veinte, algunas de las cuales le parecían admirables, mientras que otras le resultaban abominables.
  Políticamente incorrectísimo, Manuel era admirador del régimen priista y defendía con sólidos argumentos no sólo a su padre –personaje villanesco, por cierto, en la novela Arráncame la vida de Ángeles Mastreta-, sino también a Díaz Ordaz, a Luis Echeverría y a sus queridísimas Sasha Montenegro e Irma Serrano, "La Tigresa".
  Nunca negó su bisexualidad e incluso hablaba de las bondades de la misma y de sus amoríos europeos con gente de la nobleza como Humberto I, ex rey de Italia, y con el mismísimo director de cine Pier Paolo Pasolini.
  Trato de recordar la última vez que hablé con él por teléfono. Fue a principios de 2007 y me recomendó a un amigo o protegido suyo, cuyo nombre no recuerdo, quien había grabado un disco. “A ver si le puedes echar una mano en La Mosca", me dijo. Le contesté que sí, pero el disco nunca llegó a mis manos.
  Ahora Manuel está al lado de Maximino y de muchos de sus queridos y entrañables muertos. No debió irse tan pronto, pero queda el consuelo de que no fue testigo de la “catástrofe” que él mismo vaticinó para el país, después de lo que consideraba como “la traición” de Ernesto Zedillo que trajo la derrota del PRI y el fin de sus gobiernos (hasta ese momento).
  No puedo imaginar que Manuel Ávila Camacho descanse en paz. Era demasiado hiperactivo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros treinta años, como Eduardo del Río, el estupendo caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y con sus ideas a fines de los años sesenta, cuando yo tenía trece años y mi hermano Sergio comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes (Calzonzin, Chon Prieto, doña Emerenciana, don Plutarco, el Lechuzo, Arsenio, don Lucas, etcétera, cada uno un prototipo social: el gobernante, el gendarme, el burócrata, la beata, el borrachín, el indígena ilustrado y consciente), sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo, claro, de Los Supermachos, revista semanal de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz (estoy hablando aproximadamente de los años 1967 y 1968).
  Al lado de publicaciones como la revista Siempre! o la casi clandestina Por qué!, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen (en secundaria, encuaderné dos tomos de ejemplares de la revista, mismos que aún conservo).
  Más tarde vinieron Los Agachados, del mismo Rius, editados por Posada, empresa dirigida por el entrañable don Guillermo Mendizábal Lizalde y en la que el caricaturista comenzó a sacar sus primeros libros, como los inolvidables Cuba para principiantes y, más adelante, La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista (además de antipriista y antirreligioso) y gracias al segundo, me convertí en vegetariano en 1969. También me entró la idea de ser caricaturista y me puse a imitar los monos del michoacano y a escribir algunas cosas inspiradas en él, como una pretensiosa e ingenua historia de la humanidad.
  Rius puso en circulación muchos otros libros sobre los más diversos temas, al tiempo que en Los Agachados (virtual continuación de Los Supermachos y de los que también tengo muchos números) abordó de manera concisa y, hoy puedo verlo, un tanto esquemática, muchos otros asuntos políticos, sociales y culturales. Asimismo, por esa época apareció La garrapata, en la que Rius y otros colegas suyos, como Helio Flores y Rogelio Naranjo, siguieron ejerciendo una crítica cada vez más radical y al mismo tiempo humorística, aprovechando la relativa apertura que a principios de los setenta otorgó (porque así fue: él la otorgó) el gobierno del nuevo presidente: Luis Echevarría Álvarez. Fui fan de La garrapata y también conservo ejemplares.
  A lo largo de esa década, seguí siendo fiel seguidor de todo lo que publicaba Eduardo del Río y quiso la vida que a fines del decenio entrara yo a trabajar precisamente a Editorial Posada, donde en no pocas ocasiones me tocó ver a Rius, aunque jamás me atreví a hablarle. En 1982 salí de Posada y no regresé hasta 1987, para dirigir la revista Natura (fundada por el propio Rius años atrás). Al año siguiente, la editorial editó mi primer libro, Más allá de Laguna Verde, una investigación periodística sobre la planta nuclear veracruzana y tuve el privilegio de que la portada la ilustrara mi héroe Rius (aunque no sé por qué no le puso su famosa firma). Aún así, sólo en una ocasión tuve la oportunidad de saludarlo y darle las gracias. Me pareció un tipo seco y no del todo amable.
  Con el paso de los años (volví a dejar Posada en 1989), mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante y escritor. Yo comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real (ya habían desaparecido la URSS y el bloque socialista europeo), incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba, aunque siempre seguí considerándome -como hasta la fecha- un hombre de izquierda. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y más o menos ahí permanece.
  Hace mucho que no lo sigo y que no leo sus libros, pero guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

sábado, 10 de mayo de 2014

10 de mayo

Es curioso -o eso supongo-, pero mi mamá jamás nos inculcó el culto a la madre y los 10 de mayo nunca fueron en casa algo tan importante como, por ejemplo, la Nochebuena, la Navidad y el Año Nuevo. Al famoso Día de la Madre, yo lo asocio más bien con los festivales escolares de esa fecha, cuando desde días antes en la primaria nos ponían a hacer objetos manuales, casi siempre espantosos e inútiles, que las mamás recibían con fingida sorpresa y sobreactuado agradecimiento. A veces nos ponían a cantar, a recitar, a hacer bailes folclóricos, a realizar tablas gimnásticas o incluso a actuar, como la ocasión en que -estaba yo en tercero de primaria, en 1963, en el colegio de monjas donde estudié del 61 al 64 (el "Hernán Cortés", en Tlalpan)- actué por primera y única vez en mi vida, en el patio escolar, frente a un centenar de personas. Mi papel consistía en ser un alumno que se portaba mal y que era acusado por otro de alguna travesura, por lo que la maestra (actuada por una compañera) me tomaba de las patillas y me arrastraba hasta el pizarrón para regañarme enfrente de todos. Muy enojado, yo regresaba a mi pupitre y al pasar a un lado del delator, le gritaba un insulto tremebundo, cuyo significado aún no he logrado desentrañar, después de poco más de medio siglo: ¡"cuchara de viernes!".
  Otro recuerdo de los 10 de mayo es el de las serenatas, ya en la adolescencia. Como en mi grupo de amigos, que se ampliaba extrañamente ese día, éramos tres o cuatro los que sabíamos tocar la guitarra y cantar, nos teníamos que fletar durante toda la noche para visitar una veintena de casas y homenajear (es un decir) a la santa madrecita de cada uno de nosotros. "Página blanca", "Reloj" y "Las mañanitas" solían ser las canciones que repetíamos una y otra vez. Conforme iban transcurriendo las horas, el grupo iba disminuyendo y ya para las cuatro o cinco de la madrugada, quedábamos siete u ocho. La verdad no me gustaba cuando tocaba llegar a mi casa (en la calle Magisterio Nacional, a dos cuadras del centro de Tlalpan). Como mi mamá no era afecta a las serenatas, lo hacía yo más por quedar bien con los cuates que por darle un gusto a mi madre, quien salía a las tres de la mañana con cara de "ojalá que esto termine pronto". Me parecía tan cursi que si nos hubiésemos saltado la visita a mi progenitora, lo habría agradecido... y esto fue a lo largo de cuatro años, de 1970 a 1973. Siempre terminábamos -ya sólo cinco o seis amigos- con las primeras luces del amanecer, tomando café en el Vips de Universidad y Miguel Ángel de Quevedo.
  La verdad es que en mi familia era mayor el culto a la abuela que a la madre, en especial a mi abuela paterna, doña Guadalupe Ayala viuda de García. El 12 de diciembre de cada año se hacía un fiestón en la Quinta Guadalupe, una casona situada en la esquina de Coapa y Tesoreros -donde felizmente permanece-, en la tlalpeña colonia Toriello, a la que acudían muchísimos parientes y amigos para degustar el maravilloso pozole sinaloense que preparaba mi propia abuela (un día antes, ella misma nos ponía una chinga, a varios de sus nietos, al obligarnos a pelar y descabezar el maíz cacahuazintle, grano por grano) y los legendarios y deliciosos frijoles puercos que jamás he vuelto a comer.
  Esas son mis memorias del 10 de mayo, una fecha que nunca fue tan trascendente para mí y para mis hermanos, gracias a que -como dije al principio- nuestra propia mamá (quien por fortuna aún vive y lleva sus noventa y dos años con estupenda salud) jamás nos lo inculcó. Quizá por eso nunca se nos desarrollaron la adoración nacional, tan exagerada, cursi y enfermiza, por la figura materna y el complejo de Edipo, tan común en el mexicano promedio. Gracias, mamá.

miércoles, 16 de abril de 2014

El tranvía

Mis primeros cuatro años de vida (es decir, de 1955 a 1959) viví en lo que en mi familia siempre llamamos "la casita de la vía", porque estaba justo a un lado de la vía del tren (en realidad tranvía) que iba de Tlalpan a La Villa de Guadalupe, pasando por el Zócalo (a éste se hacía una hora; a La Villa, hasta dos). La casa se encontraba en la calle de Coapa, casi esquina con Ferrocarril, en la colonia Toriello Guerra de Tlalpan, justo en el predio donde hoy está la escuela activa Bartolomé Cossío.
  Durante 1960, vivimos en el departamento de mi abuela materna, en la colonia del Valle (calle Roberto Gayol), hasta que ya en 1961 nos mudamos a la casa de Magisterio Nacional No. 84 donde viviríamos catorce largos años.
  Sin embargo, el tren sería fundamental para mí hasta mediados de la década de los sesenta, cuando ingresé a la "Ciudad de los niños, Espíritu de México", un colegio salesiano para varones que era la escuela particular más exclusiva de Tlalpan y donde estudié quinto y sexto años de primaria, en 1965 y 1966 respectivamente. El "Espíritu" estaba y sigue estando sobre avenida Ferrocarril, a un lado de lo que hoy es Médica Sur (en aquel tiempo, una serie de terrenos baldíos en algunos de los cuales se podía jugar futbol).
  De mi casa al colegio había una considerable distancia (unos tres kilómetros), por lo que solía caminar hasta la estación del tranvía (un lugar maravilloso, situado en Madero y San Fernando, a dos cuadras del centro de Tlalpan) y ahí abordarlo, ya que había una parada justo enfrente de mi escuela, cinco minutos antes de llegar a Huipulco. El boleto costaba treinta y cinco centavos, aunque existía la opción de comprar un abono semanal cuyo precio francamente no recuerdo, pero que debió ser de dos o tres pesos.
  Aún llevo en mi mente y hasta en mi cuerpo el acompasado sonar del tranvía al avanzar sobre los rieles. Era muy divertido tomarlo, pero era muy divertido también caminar a lo largo de la vía, sobre los durmientes, cosa que hacía a menudo, sobre todo a la salida del colegio.
  Fue en los años setenta que suprimieron el tren de Tlalpan a la Villa. Ya antes habían cerrado la estación que más tarde se convertiría en biblioteca e improvisaron otra, muy sin chiste, al otro lado de San Fernando, misma que duraría algunos años. Los durmientes desaparecieron y la vía corría directamente sobre el asfalto, lo cual ya no era tan bonito. Hasta el sonido de los vagones al transitar cambió.
  No sé cuál sería la última vez que lo utilicé, pero el hecho es que recuerdo con gran nostalgia y cariño al tren de Tlalpan, el tranvía que me transportó con graciosa lentitud y deliciosa pachorra durante una buena parte de mi niñez.

martes, 30 de octubre de 2012

Mamá Mimi

Mi abuelita, doña María Ruelas de Michel.
Me enseñó mis primeros números y mis primeras letras. Cuando yo tenía escasos cuatro o cinco años de edad. Se sentaba conmigo y llena de paciencia y cariño inventaba juegos con esos números y con esas letras anotados en papeles o cartoncitos. Así aprendí a contar y así tuve mis primeros rudimentos de lectura. Por eso, poco antes de cumplir seis años, cuando terminé el kínder y mi mamá me quiso inscribir en preprimaria, las monjas del colegio Hernán Cortés, en pleno centro de Tlalpan, le dijeron que como ya sabía leer y contar, me pasarían directo a primero de primaria. Por eso siempre fui un año adelantado en la escuela. Gracias a ella, a mi abuelita materna, María, la madre de mi madre.
  María Ruelas era su nombre. Había nacido en Autlán de la Grana, Jalisco, por allá de 1880, y se casó ahí mismo, en 1899, con mi abuelo, Fidencio Michel, dueño de un rancho, una casona, muchas cabezas de ganado bovino y porcino y cientos y cientos de hectáreas de terreno (cuenta la leyenda familiar que sus tierras llegaban hasta Barra de Navidad, en plena costa jalisciense, y que jamás llegó a conocerlas todas). Ahí mismo, en Autlán, tuvieron a sus trece hijos, siete hombres y seis mujeres, de los que Rebeca, mi mamá, fue la última. Nació el 10 de enero de 1922.
  De muy pequeño, yo le decía Mamá Mimi (y a mi abuela paterna, doña Guadalupe Ayala de García, de quien ya escribiré más adelante, le decía Mamá Pipi).

Mama Mimi y yo, a fines de 1955.
  Además de enseñarme a leer y a contar, mi abuelita María me regaló mi primer libro: Corazón, diario de un niño, del escritor italiano Edmundo D’Amicis. Me lo obsequió con la siguiente dedicatoria, fechada el 18 de marzo de 1962, poco antes de que yo cumpliera siete años:

“Para mi nieto Hugo, que aprendió conmigo las letras y los números. Con todo mi cariño. María Ruelas de Michel”. 

  Leí ese novela, una y otra vez, durante varios años. Ya escribiré también un texto completo acerca de la misma, un relato un tanto cursi, visto desde la perspectiva actual, pero muy bellamente redactado y con momentos en verdad conmovedores, Es sin duda uno de los libros que me marcaron para siempre. Debo decir que aún lo conservo, con todo cariño y con los mejores y más dulces recuerdos de mi abuela María, Mamá Mimi, quien falleció cuando yo tenía ocho años, en 1963, a sus ochenta y tantas primaveras.

domingo, 21 de octubre de 2012

El teatro y yo

Con Eduardo Limón, en una obra de Fernando Rivera Calderón
Mi relación con el teatro no ha sido muy cercana a lo largo de mi vida. No porque no me guste, sino porque nunca he logrado cerrar el círculo con dicho arte.
  Como espectador, por ejemplo, a lo largo de mi vida he presenciado pocas obras teatrales. Al menos relativamente. Creo que si digo que por cada obra he visto quinientas películas, no exagero. Ese es más o menos el equivalente. En la primaria me llevaron a Bellas Artes a ver Sueño de una noche de verano de William Shakespeare. Esa fue la primera obra que vi. También de niño, recuerdo haber visto una representación al aire libre de La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón y otra de Fuenteovejuna de Lope de Vega, en el atrio de la iglesia de San Agustín, en el centro de Tlalpan. Ya en mi adolescencia, me dejó muy marcado una obra de teatro universitario que se llamaba Los insectos, de Karel Capek, dirigida por el legendario Julio Castillo y en la que actuaban entre otros unos muy jóvenes Ofelia Medina, Manuel Ibáñez, Salvador Garcini y Blanca Guerra (guapísima), además de la inolvidable y chispeante actuación de la no menos guapa Dora Guerra.
  Claro, he visto más obras, pero no son muchas. Recuerdo títulos como Debiera haber obispas de Rafael Solana (con la gran Ofelia Guilmain), El extensionista de Felipe Santander (en el teatro Jorge Negrete, con mi querido y ya desaparecido tío Alfredo en un papel peor que secundario), El juego que todos jugamos y Abolición de la propiedad de José Agustín, El avaro de Moliére (versión estudiantil en la que actuaba Gerardo Hellion, el hijo de Rosa, mi ex esposa), Tina Modotti de Victor Hugo Rascón Banda (en la Sala Juan Ruiz de Alarcón de Cultisur, dirigida por Ignacio Retes y con Tina Romero en el papel de la Modotti), las comedias Sálvese quién pueda (con Jorge Ortiz de Pinedo y Gonzalo Correa) y Una pareja con ángel (¡con Mónica Garza y René Franco!), Las obras completas de William Shakespeare (Abreviadas) (con Diego Luna, Jesús Ochoa y Rodrigo Murray), La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca (con Denisse como una de las hijas), dos o tres puestas en escena de teatro cabaret escritas por Fernando Rivera Calderón (en El Vicio, de Coyoacán, en una de las cuales entré como “actor” emergente, para una pequeñísima intervención leída, una noche en que les faltó el titular; ver foto), algunas piezas teatrales en Casa Azul (como las divertidísimas Homo Melodramaticus  o La boda, con las actuaciones de mis coristas de Los Pechos Privilegiados, Leyla Rangel, Giuliana Vega y/o Paula Watson) y la inovidable puesta en escena de Susana y los jóvenes de Jorge Ibargüengoitia (con la gran actuación de mi sobrina Leyla en el papel de Susana). Habrá una decena más que ya no recuerdo (bueno, hace como un año fui con Denisse a Cultisur para ver Zoot Suit de Luis Valdez, Rock 'n' Roll de Tom Stoppard y La cocina de Arnold Wesker, esta última con alumnos del CUT. También vimos juntos Resonancias, una obra malísima de Héctor Mendoza, en el Teatro Santa Catarina de Coyoacán).
  También he leído obras impresas de autores como los ya mencionados Molière, Ruiz de Alarcón e Ibargüengoitia, además de algunas de Oscar Wilde, Salvador Novo, José Agustín y Woody Allen.
  Como estudiante, sólo actué una vez. Esto sucedió cuando iba en tercero de primaria, en el colegio Hernán Cortés, de Tlalpan, durante el festival del Día de la madre (para ser preciso, el 10 de mayo de 1963). Se trataba de una escena que transcurría en un salón de clases y lo único que recuerdo es que debido a una travesura, una niña me acusaba con la maestra y ésta me arrastraba, desde mi pupitre hasta el pizarrón, tomado de las patillas, a lo que yo me limitaba a gritar “¡Ayyyyy, ayyyyy…!”. Al regresar a mi lugar, pasaba junto a la niña acusona y le gritaba un insulto cuyo significado jamás he llegado a comprender (“¡Cuchara de viernes!”), pero que provocó mucha hilaridad a la concurrencia que se agolpaba en el patio principal del colegio de monjas en el cual cursé de primero a cuarto años.
  Ya en tercero de secundaria (en 1969), junto con mi compañero de 3º C Jesús González Aguilar (me pregunto qué se habrá hecho), intenté escribir una obra de teatro de la que sólo se hizo el primer acto. Se llamaba Voy a cambiar el mundo y era una ingenua crítica al “sistema”, desde una perspectiva cándidamente jipiteca. Yo iba a ser el director y Chucho uno de los actores (en el papel de “El ciego”). La verdad es que la obra la escribí con la idea de que el papel principal (una chava hermosa de nombre Sonia) lo interpretara la chavita que me gustaba en ese momento y que me traía loco: la bellísima Leyla Islas Sahid, de 3ºA (ver la entrada "Leyla" en este mismo blog).
  La obra jamás quedó terminada, por consiguiente nunca se escenificó y no volví a saber de la hermosa Leyla.
  Esa es mi relación de vida con el teatro.