sábado, 19 de marzo de 2011

Rita Guerrero


Conocí a Rita Guerrero en 1995, cuando estaba yo trabajando en la elaboración del libro de entrevistas Rock bajo palabra que me había encargado Andrés Ramírez, de la editorial Planeta, volumen que finalmente nunca vio la luz. Mi amiga, la fotógrafa Yuriria Pantoja, me ayudó a conseguir a las bandas a entrevistar y fue el caso de Santa Sabina, con cuyos integrantes platiqué una noche, en un restaurante del centro de Coyoacán, donde nos citamos. No era la primera vez que veía a Rita en persona, ya que la había escuchado al frente del grupo, en un concierto celebrado en uno de los pasillos del Estadio Azteca, en 1993, en algo que se llamaba algo así como La Ola Azteca. Aquella vez en Coyoacán, charlé con ella, con Alex Otaola, con Patricio Iglesias y con Poncho Figueroa. Con todos mantendría, de una u otra manera, cierto grado de amistad que con algunos de ellos perdura, sobre todo con Otaola.
  Más tarde, a lo largo de la historia de La Mosca en la Pared, la vi en tres o cuatro ocasiones más. La más singular fue en 1997, cuando hicimos la sesión de fotos de la famosa portada de la revista (la No. 19) en la cual aparecían ella y Julieta Venegas en una escena lésbico vampiresca que causó sensación y la convirtió en una carátula de culto entre los lectores moscosos. También fue memorable la entrevista que les hice a Rita y su marido, Aldo Max, para el número 107, acerca de lo que significaba ser músicos, padres y esposos. Las imágenes de esa mañana (de Diana Barreto) son maravillosas y reflejan la felicidad de la pareja y su hijo Claudio, entonces de pocos meses de edad.

  Rita siempre me pareció muy simpática y agradable. Muy inteligente también. Poseía un sentido del humor bastante negro y una risa muy peculiar (recuerdo en particular una plática muy divertida con ella y con Poncho, en el lugar donde ensayaban, a un lado de las oficinas de Discos Antídoto, por allá de 2003). Por lo que pude apreciar asimismo, en el fondo era más bien tímida e introspectiva.
  La última vez que pude saludarla fue en 2009, al termino de un concierto al aire libre de Los Músicos de José, en el CNA. La recuerdo muy sonriente, con el pequeño Claudio en brazos. ¿Cómo imaginar que no volvería a verla jamás, al menos en esta vida?
  La muerte de Rita Guerrero, el pasado viernes 11 de marzo, no deja de ser impactante y conmovedora, aunque ya se conocíera la gravedad de su estado físico. A pesar de su lucha contra el cáncer, no le fue posible derrotarlo y debió darse por vencida.
Cuánto la vamos a extrañar.

jueves, 10 de marzo de 2011

Una vida de historieta


Llegué al mundo de la historieta de manera inesperada, prácticamente accidental. Corría el año de 1979. Mi primo Arturo Espinosa Michel –quien había aprendido a dibujar “muñequitos” con el legendario Antonio Gutiérrez (Lágrimas, Risas y Amor)- supo que en Editorial Posada estaban solicitando gente para las diversas especialidades que exige una historieta. Como sabía que a mí me gustaba escribir y que me acababa de quedar sin trabajo, pensó que me interesaría entrarle como argumentista. En un principio la idea me pareció absurda. ¿Un izquierdoso con aspiraciones intelectualoides como era yo a mis veinticuatro años, convertirme en escritor de esos pasquines que no hacían sino enajenar y estupidizar al pueblo de México? De ninguna manera. Era algo que iba en contra de mis más sagrados e inconmovibles principios ideológicos, fundamentados en el marxismo-leninismo, la devoción por la revolución cubana y mi todavía reciente militancia en el Partido Mexicano de los Trabajadores. Por supuesto que no aceptaría semejante chamba indigna y envilecedora. Nunca de los nuncas. Jamás. Niet!
Al día siguiente, acudí con mi primo a Editorial Posada.


Como desconocía por completo la técnica para armar un guión de historieta y como de hecho hacía años que no leía lo que en mi niñez se conocía como “cuentos” (fui lector infantil básicamente de los productos de la editorial Novaro –Walt Disney, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, Lorenzo y Pepita, Vidas ejemplares [Dios mío…], Supermán-, aunque también leía algunos comics nacionales como Los Supersabios, La familia Burrón, Kalimán, Tawa el Hombre Gacela y muy especialmente Memín Pinguín -me conocía al dedillo las vidas de Ernestillo, Carlangas, Ricardo, doña Eufrosina, Memín, et al- y Chanoc –con Tzekub Baloyán, Puc y Suc, Pata Larga, el Sobuca, Rogaciana La Chiclera, etcétera- y ya en mis años de escuela secundaria me volví fan de Los Supermachos y Los Agachados de Rius), como era, pues, a esas alturas, un desfasado de la historieta, la noche anterior a mi visita a Posada escribí a máquina (en mi añorada Olivetti Lettera) lo que según yo era una pequeño guión de historieta. Mi primo Arturo llevó excelentes muestras (dibujaba –y dibuja- muy bien) y lo mío era un borrador hecho al aventón, sin la mínima intención de convencer a alguien de las bondades de mi escritura. Cosas de la vida: mi primo fue rechazado y a mí me aceptaron, no sólo como escritor de historietas (don Guillermo Mendizábal Lizalde me dijo que iba a hacer de mí “un gran argumentista”) sino que me ofrecieron (saludos, Ariel Rosales) un puesto como redactor en la revista Natura, de la cual Rosa, mi entonces chava y futura esposa y ex esposa, y yo éramos fieles lectores (ambos vegetarianos convencidos en aquel tiempo). Así, de la manera más impensada, entré al mundo editorial y al submundo de las historietas.

Contra lo que muchos piensan, escribir un guión de historieta no es cosa fácil. Todo lo contrario. Requiere de una técnica que no es sencillo dominar y que cuesta muchos dolores de cabeza. No sólo se trata de crear una historia y llevarla al papel. Es necesario darle una forma determinada, redactar cuadro por cuadro, especificar lo que son los textos superiores –que deben ser cortos y concisos- y diferenciarlos de los diálogos, así como anotar las especificaciones para el dibujante. Pero además hay que crear una atmósfera que depende de la temática de lo que se cuenta, seguir la línea narrativa clásica de principio-desarrollo-clímax-desenlace, dotar a los personajes principales y aun a los secundarios y/o incidentales de personalidad propia, de lógica en sus reacciones y actitudes, de virtudes y defectos, de humanidad, crear suspensos, en fin. En la historieta –en la mexicana por lo menos- se exige que haya como mínimo un héroe y un antagonista, así como un conflicto perfectamente definido (“¿cuál es el conflicto en la historia?” es una pregunta que durante largos años me hicieron innumerables directores y coordinadores en distintas editoriales). Tiene que haber una tensión de principio a fin y una acción constante, ya que las escenas excesivamente dialógadas se vuelven estáticas y aburridas... y por supuesto: nunca debe faltar una buena dosis de erotismo.


Lo anterior nos lleva a hablar de los diversos géneros que puede tocar la historieta, prácticamente tantos como los que se pueden tratar en la novela o el cine. Hay historietas y comics urbanos, rurales, románticos, de aventuras, de época, épicos, de ficción científica, históricos, realistas, fantásticos, de terror, policiacos, carcelarios, del viejo oeste, de artes marciales, mitológicos, humorísticos, picarescos, albureros, rosas y/o abiertamente pornográficos. De hecho, casi siempre se trata de una combinación de varios. Así, por ejemplo, Dinastía, de Editoral Vid, la cual escribí durante cinco años a mediados de los ochenta, era una historieta semanal, de continuación, que se desarrollaba en la Sudáfrica del siglo XIX, en plena guerra de los böers, y que contenía elementos de aventura, intriga, magia, exotismo, racismo, zoología (no confundir con zoofilia), guerra, violencia, traición, ambición, pasión, amor y sexo. En cambio, Casandra, de la misma editorial y para la cual fui una especie de ghost writer de la famosa Yolanda Vargas Dulché, era una historia rosa, romántica, de época, urbana, bastante inocua. Sin embargo, ambas exigían un rigor que quienes están afuera del mundo de la historieta ni siquiera imaginan. Trabajar para doña Yolanda fue tremendamente duro. Acudía yo a su casa y platicábamos la historia, al día siguiente regresaba con varias cuartillas escritas y ella las revisaba y las corregía sin piedad alguna, haciéndome repetirlas una y otra vez. En ocasiones resultaba exasperante, muchas veces la odié, pero aprendí muchísimo de ella, tanto como los rudimentos y primeras técnicas que me enseñó don Guillermo Mendizábal y que a la larga me sirvieron incluso a nivel literario. Mucho le deben las dos novelas que hasta ahora he escrito (Matar por Ángela y La suerte de los feos) a la autodisciplina y a la forma de estructuración escritural que me impuiso la historieta.


Ya que hablo de literatura e historietas, debo decir que son varios los escritores “consagrados” que han intentado escribir argumentos de estas últimas, con poca o ninguna suerte. Lo hicieron, por ejemplo, Ricardo Garibay e Ignacio Solares. Éste llegó a publicar, con Vid, una revista llamada Delirium Tremens, con historias referentes al alcoholismo, pero como que nunca le halló la cuadratura al círculo, a pesar de la asesoría de un consagrado como Guillermo De la Parra (autor ni más ni menos que de la mítica Rarotonga). Lo anterior significa que no cualquiera –por muy novelista o cuestista que sea- es capaz de escribir historieta y que los prestigios literarios no son garantía alguna para pergeñar un buen guión.
Mucho se habla en detrimento de este tipo de lecturas populares. Si algo se dice acaso en su favor es que cuando menos es un medio que hace que mucha gente lea. Sin embargo, se le ataca por sus temáticas, sus contenidos y su pobreza artística (hablo de la historieta mexicana, no del comic de culto). Ambas cosas son ciertas. La historieta permite que infinidad de personas que no leen libros, revistas o diarios practiquen la lectura y no se desalfabeticen. Pero también es verdad que la mayor parte de los títulos dejan mucho que desear.


Haber escrito argumentos para publicaciones como Sensacional de traileros, Sensacional de maistros o Las Chambeadoras no es quizá como para enorgullecerse, pero tampoco para avergonzarse. Finalmente, son revistas que reflejan el modo de ser de muchos mexicanos (y mexicanas) de los más diversos estratos sociales. Son caricaturas, sátiras y por tanto exageraciones del comportamiento erótico nacional, de nuestras represiones sexuales sublimadas en el álbur, la picardía, el chiste verde y el relajo. Escribir historias cómicas y picarescas es lo más difícil en el oficio de un argumentista de historieta. Lograr el ingenio y el manejo del lenguaje de un Daniel Muñoz (El Pantera) o un Juan José Sotelo (ambos, por desgracia, ya fallecidos) es algo muy difícil. Su facilidad para los diálogos de doble sentido y para idear tramas casi molièreanas (de Molière, no de Morelia) los colocan entre los grande humoristas mexicanos de las últimas décadas. Ello para no hablar de grandes dibujantes como Angel Mora (Chanoc, El Payo), Sixto Valencia (Memín Pinguín) y el ya mencionado Antonio Gutiérrez, entre muchos más.
Hoy día, la historieta mexicana vive la que tal vez sea la peor de sus crisis. Fue mi oficio principal y dio de comer a mi familia, de manera más o menos holgada, durante cerca de dos décadas. La dejé hace diez años y no creo volver a ella. No obstante, debo reconocer que en muchos momentos resultó un trabajo muy útil, lucrativo y divertido.

viernes, 4 de marzo de 2011

Mi 1967


En enero de 1967, nevó en el Distrito Federal. Un mes después, entré a la secundaria (la No. 29, en Tlalpan, mi pueblo natal) y en marzo cumplí doce años de edad. Fue a mediados de ese año que escuché con asombro dos nuevos discos que Sergio, mi hermano mayor, llevó a la casa: el Sargento Pimienta y Sus Satánicas Majestades, de los Beatles y los Rolling Stones, respectivamente. Sin embargo, no fueron suficientes para desviar mi atención de lo que más me importaba en aquellos momentos de mi vida. Me había enamorado platónicamente de Patricia Medina, “La Güerita”, una preciosa nîna de trece años que estaba en segundo grado y quien no sólo no me miraba, sino que ni siquiera reparaba en mi existencia. Pero ya desde antes me gustaban los Beatles. En nuestra diminuta y rentada casa teníamos varios discos de 45 rpm que escuchaba con mi hermana Myrna, tres años menor que yo y desde entonces fan absoluta de Paul McCartney. Yo jugaba a ser John Lennon y cantaba “Love Me Do”, al tiempo que la canción salía por las bocinas del pequeño tocadiscos portatil que teníamos. “Cantas igualito”, me decía mi hermana y yo me la creía. Sin embargo, algo sucedió en ese mismo 1967 que vino a cambiarlo todo: surgieron los Monkees… y me volví su fiel seguidor. Cambié a Lennon por Mike Nesmith (gorrita de estambre incluida) y a “Love Me Do” por “I’m a Believer”. Gerardo Aguayo, un amigo y compañero de escuela a quien le gustaban a los Doors, me miraba con absoluto y merecido desprecio. El mal momento tardaría un año en disiparse, cuando apareció el Álbum Blanco de los Beatles y recuperé la cordura. Pero eso fue ya en 1968, cuando estaba en segundo de secundaria y “La Güerita” había pasado a la historia para dar paso a otro amor platónico de nombre Beatriz. Tampoco pasó gran cosa con ella (ni con Leyla, mi platónico ideal amoroso de tercero de secundaria). Lo único certero es que jamás perdí ya el rumbo rocanrolero. Ni siquiera cuando los Beatles desaparecieron en 1970.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

¿… y dónde está El Pantera?


Hace casi veinticuatro años, a principios de 1987, El Pantera entró en mi vida. Lo hizo de manera impensada, inesperada, pero altamente satisfactoria y divertida. Me explico.
En plenos años ochenta, El Pantera era una de las historietas más exitosas de editorial Vid, la misma que producía Memín Pingüín, Lágrimas, Risas y Amor y Rarotonga, entre muchos otros títulos. Yo tenía cuatro años de colaborar como “argumentista” (es decir, guionista) para dicha empresa. Hasta ese momento, El Pantera era escrito por su creador, Daniel Muñoz (Q.E.P.D.), a quien tuve oportunidad de conocer por ese entonces. Por cuestiones de dinero, Muñoz se peleó con los directivos de aquella editorial (es decir, la familia De la Parra) y se fue con sus cosas a otra parte. Sin embargo, los derechos de El Pantera pertenecían a Vid y una mañana, sin decir agua va, Jorge Morett, uno de los directores de la compañía, me puso ante la disyuntiva de hacerme cargo de los guiones de aquella historieta semanal. La oferta resultaba muy atrayente, todo un reto que acepté luego de algunas consideraciones de tipo ético (¿era correcto tomar la historieta de un compañero que se había ido? ¿No me convertía con ello en una especie de esquirol?). En fin.
Escribí treinta y tantos capítulos de El Pantera. No hice más porque diez meses después de irse, Daniel Muñoz se congració con los altos mandos de la editorial y regresó a hacer la revista, por lo cual me la quitaron del mismo modo intempestivo como me la habían dado. No obstante, pude conocer a fondo la personalidad del personaje, un tipo dicharachero (su jocoso lenguaje y sus frases eran de antología), contradictorio (era valiente pero de repente se acobardaba), galán (no había mujer que se le fuera viva), inteligente (o más bien lleno de mañas y astucia) y sobre todo de extracción eminentemente popular. La historieta se vendía muy bien porque la gente se identificaba con Gervasio Robles, El Pantera, y su segundo de a bordo, El Gorda con Chile (así se llamaba, lo juro).
En fin, esa fue la historia de mi relación con aquel personaje y aquella historieta (por culpa de la cual, mi gran amigo Adolfo Cantú desde hace años me dice Pantera).

viernes, 8 de mayo de 2009

El Paco


Aunque algún día hablaré aquí de mi miedo (a veces rayano en el pavor) hacia los perros caseros, hoy quiero contar la historia de Paco, un perico (ver foto) que de fines de los años setenta a principios de los ochenta tuvo mi mamá y al que por alguna insondable razón jamás le caí bien y siempre mostró una enorme hostilidad para conmigo. El pájaro de marras carecía de jaula y andaba libre por toda la casa de mi madre, donde también vivían mi hermano Jorge y mi hermana Ivette y a donde de vez en vez aterrizaba mi padre luego de alguno de sus viajes de trabajo por el Bajío. Mi hermana Myrna vivía con su esposo Jorge, pero al igual que mis otros dos hermanos y mi mamá adoraba a aquella singular ave. Paco no era un perico palo cualquiera. Tenía una extraña inteligencia, sabía algunas palabras y discriminaba a la gente entre aquellos que le caían bien (y hasta se metía a bañar con ellos y se ponía a cantarles mientras se duchaban) y aquellos a quienes no toleraba (mi padre y el autor de estas líneas entre ellos).
Yo para ese entonces ya estaba viviendo con Rosa, aunque aún no me había casado. La cosa es que cada vez que iba de visita a donde mi mamá, el Paco no desaprovechaba oportunidad para tratar de atacarme y picotearme, como vil cancerbero (o sea, como el can Cerbero, la bestia que custodiaba la puerta del infierno en La Divina Comedia de Dante). ¿De dónde le venía aquella antipatía feroz? No lo sé. Lo que sí sé es que tenía yo que pensarlo muy bien para atreverme a acudir a la casa materna y arriesgarme a ser agredido por el dichoso plumífero ("cotorra" lo llamaba mi papá con desprecio, a lo que Paco le replicaba "¡burro, burro...!").
Me recuerda Myrna que Paco murió justo el día en que mi hijo Alain cumplió un año, es decir, el 15 de noviembre de 1983. Mi mamá y mis hermanas lo lloraron como si de un familiar se tratase. A final de cuentas eso era para ellas: un integrante más de la familia García Michel. Para mí, en cambio, fue un pinche perico al que yo le caía gordo... y el sentimiento era recíproco.

sábado, 2 de mayo de 2009

Mi catolicismo


Nací en el seno de un hogar muy católico y por parte de mi familia materna, provengo de un sector franca y abiertamente ultracatolicista del estado de Jalisco (mi tío Javier, por ejemplo, fue guerrillero cristero y peleó, con las armas en la mano, contra el gobierno de Plutarco Elías Calles). Mi madre trató de educarnos, a mis hermanos y a mí, dentro de la doctrina más ortodoxa y conservadora de la iglesia romana, mas para su desgracia le salió el tiro por la culata, ya que ninguno de nosotros cinco es hoy un católico practicante que vaya a misa y esas cosas (yo no he asistido a una en los últimos treinta años). Sin embargo, aunque no siga los dogmas y mandamientos de la religión católica, debo reconocer que en lo más profundo de mi ser llevó arraigadísimo lo mejor y lo peor de la misma. Con esto quiero decir que muchas de mis actitudes, reacciones, sentimientos y maneras de ver la vida están regidas por mi inconsciente catolizado. Pasé mi educación primaria en colegios de monjas (de primero a cuarto) y de sacerdotes salesianos (quinto y sexto). De pequeño, era yo real y sinceramente un católico convencido y a los diez u once años no sólo leía libros de religión para niños y la historieta Vidas ejemplares de Editorial Novaro, sino que uno de mis pasatiempos favoritos (lo juro) era jugar a que oficiaba misa. Yo mismo armaba una especie de altar, me ponía una como sotana y de la manera más solemne iba siguiendo cada paso de dicha ceremonia.


Pero llegaron la adolescencia, la escuela secundaria (en un plantel oficial, dadas las estrecheces económicas de mi familia a mediados de los sesenta) y las lecturas liberales y socialistas (desde Los supermachos y luego Los agachados de Rius, hasta diversos libros de tendencia izquierdista) y vino un cambio radical en mi mentalidad (apoyada por mi hermano mayor, Sergio, quien me influyó mucho al respecto). Dejé la religión católica y abracé la ideología marxista-leninista, sin darme cuenta de que se trataba de una nueva religión a la que empecé a seguir con tanto o más fervor que el que le otorgué al catolicismo. Me volví comunista y ateo. Me convencí de que la religión era el opio del pueblo, sin reflexionar en que la ideología puede ser igualmente opiácea. Era yo un socialista converso que admiraba de la manera más ciega a Carlos Marx, Federico Engels, Lenin, Stalin (sí, Stalin), Mao Tse Tung, Fidel Castro y el Che Guevara -mis nuevos santones-, lo mismo que a la URSS, China, Cuba y todo el bloque soviético. Así estuve durante largos años, hasta que los golpes de la realidad histórica y la propia reflexión crítica y autocrítica me fueron abriendo los ojos. A fines de los ochenta, primero con el movimiento Solidaridad en Polonia y más tarde con la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética y todos sus países satélites de Europa Oriental, me desengañé de lo que había sido mi segunda religión: el comunismo. Saber de los horrores genocidas cometidos por el propio Stalin, por la llamada Revolución Cultural china, por el sanguinario Pol Pot en Cambodia o por el sátrapa Nicolae Ceausescu en Rumania; conocer la terrible vigilancia policiaca a la que eran sometidos los ciudadanos de Alemania del Este, Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, etcétera, -algo que sigue sucediendo hoy en Cuba-, fueron cosas que terminaron por descubrirme una verdad contundente y que me hicieron dar cuenta de que el dogma comunista puede ser tan fanatizante y enceguecedor como el dogma católico apostólico romano.


No puedo decir que he logrado quitarme de encima la influencia de mi temprana educación católica (un verdadero adoctrinamiento). Por ejemplo, aún persiste el dominio del castrante sentimiento de culpa que mi madre inculcó de un modo terriblemente hondo en mi psique. Sé que no lo hizo con perversidad, sino todo lo contrario: ella siempre ha querido que mis hermanos y yo seamos buenas personas y sus intenciones han sido las mejores. El problema está en la religión católica misma, al menos en la que me tocó padecer desde muy chico, esa que te obliga a temer a un Dios vigilante, castigador y omnipresente y a creer como un fanático, sin reflexión, sin cuestionamientos, con una aceptación absoluta a sus dogmas y una obediencia total a la jerarquía eclesiástica, desde el Papa de Roma hasta el más humilde sacerdote.
No soy católico. Sin embargo, llevó en mi cerebro todavía mucha de la formación y la información de esa clase tan cerrada y obtusa de pensamiento. Tampoco soy ateo (mi relación con lo espiritual es muy particular y no requiere de intermediarios). Mi lucha cotidiana, hoy día, es por no caer en actitudes y posiciones beatas, sean religiosas, políticas o ideológicas. En eso estoy empeñado.

miércoles, 22 de abril de 2009

Primera gira de Octubre


Sucedió a fines de noviembre de 1974. Yo tenía diecinueve años y llevaba escasas dos semanas de andar con Rosa, mi primera novia (por decirlo así) y ni por asomo imaginaba que mi relación con ella iba a durar cerca de dieciocho años más, que nos casaríamos, que tendríamos dos hijos y que nos divorciaríamos en 1992. Pero ese no es el tema. Recomienzo: sucedió a fines de noviembre de 1974. Desde dos años atrás, yo cantaba con Octubre (un dueto acústico que llegó a ser trío y cuya historia narraré en otra ocasión), al lado de Adolfo Cantú (de dieciséis años por ese entonces), mi mejor amigo de toda la vida, y gracias a mi hermano Sergio nos llegó la oportunidad de presentarnos por primera vez fuera de los límites del Distrito Federal. El lugar de nuestra actuación sería la pequeña ciudad de Huimanguillo, en Tabasco, y tocaríamos al final (¿o al principio?) de una función de cine independiente en Super-8, con películas de mi consanguíneo. Rosa fue a despedirme a la estación de autobuses de Oriente (la TAPO) y el viaje fue larguísimo.

Al llegar a Huimanguillo, que en aquel tiempo era más bien un pueblo muy chico y macondiano, fuimos recibidos por las organizadoras del evento, todas ellas señoras pertenecientes al Comité de Damas de la Asociación Ganadera de Huimanguillo (juro que es cierto) y lo primero que nos mostraron fue el pequeño cartel con el cual estaban promoviendo la función de cine y música. Era de risa loca, ya que en lugar de anunciar a Octubre (al que confundieron con una organización o grupo cultural), me mencionaban sólo a mí y lo hacían como "Hugo, el cantante de moda" (ver imagen). Pocas veces me he carcajeado tanto en la vida. Recuerdo que en el cuarto del hotelito donde nos hospedaron, Adolfo y yo materialmente nos revolcamos de la risa durante un muy largo rato.
Tan surrealista como eso fue la presentación. El local era una especie de gimnasio con pésima acústica y acudió muy poca gente, ya que para nuestra mala fortuna, después de unos veinte años de no hacerlo, justo ese día llegó un circo al pueblo y nos robó a los espectadores. Así, frente a una escasa veintena de señoras y niños, tocamos varias de mis canciones "de protesta" (según el cartel). Hubo un momento muy chistoso, cuando a la mitad de una canción, la gente empezó a hacer ruiditos con la boca y gestos con las manos, mismos que no entendíamos. Hasta que nos dimos cuenta de que un perro callejero se había metido al local y andaba en el escenario, detrás de nosotros. El público trataba de ahuyentarlo para que se fuera y pudiéramos tocar en paz. A pesar de todo, al final nos aplaudieron a rabiar y todo salió muy bien (hasta nos pagaron cien pesos). Así fue la primera y única gira de Octubre. Una experiencia francamente delirante.

domingo, 12 de abril de 2009

¿Calles son destino?


Por alguna extraña razón, a lo largo de mi vida he vivido casi siempre en calles con nombres extraños, estrambóticos y/o significativos. La primera calle (1955-1959) no fue tan rara: Coapa, en la colonia Toriello Guerra, en Tlalpan. La segunda (1959-1960) sólo tiene como misterio la identidad de la persona cuyo nombre lleva: Roberto Gayol, en la defeña colonia Del Valle, delegación Benito Juárez (hasta donde sé, Gayol fue un ingeniero nacido a mediados del siglo XIX que pronosticó el hundimiento del centro del Distrito Federal). Mi tercera calle (1960-1974), ya de regreso a mi pueblo natal, lleva (porque todavía existe, a dos cuadras del centro de Tlalpan) el corporativista y un tanto críptico nombre de Magisterio Nacional (no, hasta donde sé nunca vivió ahí Elba Esther Gordillo), en cuyo número 84 pasé los más importantes años de mi niñez y mi adolescencia. La cuarta (1974-2000) fue Once Mártires, colonia La Fama, en la misma delegación. A pesar de mi vocación de víctima, el nombre nada tiene que ver conmigo (aunque a veces me haya sentido un doceavo mártir) sino con once obreros huelguistas que ahí fueron fusilados por el régimen de Porfirio Díaz. Por último vino mi actual calle (2000 y hasta la fecha), Maximino Ávila Camacho, de nuevo en la Benito Juárez, aunque esta vez en la colonia Ciudad de los Deportes. Este Ávila Camacho fue hermano de Manuel, quien fuese presidente de la república de 1940 a 1946, y arrastraba una terrible fama pública (Ángeles Mastreta lo retrata en su novela Arráncame la vida). Al parecer, fue asesinado por gente muy cercana a él. Cosas de la vida: el hijo de Maximino, Manuel, fue amigo mío (me lo presentó Fernando Rivera Calderón), excelente persona, cosmopolita extraordinario, conversador prodigioso y buen lector de La Mosca en la Pared hasta antes de su muerte, acontecida en 2007.
Cinco calles a lo largo de mi vida, pero con nombres demasiado peculiares.

viernes, 10 de abril de 2009

Foto antigua


En ella aparecen mi abuelo Emiliano y (según creo) su hija, Esperanza, hermana mayor de mi padre. Desconozco dónde fue tomada, pero puedo aventurar que se trata del pequeño lago de las Fuentes Brotantes, en Tlalpan. El año debe ser 1916 o 1917, pues ella le llevaba siete años a mi papá y él nació en 1921. A sus noventa y cinco años recién cumplidos, mi tía aún vive, en la misma Quinta Guadalupe que mandó construir don Emiliano en honor a su esposa, mi abuelita Lupe. Ya escribiré en su momento con más detenimiento de cada uno de ellos. Por lo pronto, presento esta antiquísima y un tanto maltratada imagen que llegó hace poco a mis manos (si le dan clic a la misma, podrán verla en amplitud).

sábado, 4 de abril de 2009

José Agustín


Conocí a José Agustín a mediados de 1971. Mi hermano Sergio y él eran (y siguen siendo) muy buenos amigos –ambos andaban en el rollo del cine- y el primero me llevó varias veces al apartamento del segundo, en la calle Gabriel Mancera (todavía no era el Eje 2 Poniente), en el corazón de la colonia Del Valle. Agustín tenía veintisiete o veintiocho años de edad y recuerdo su hogar (donde también conocí a su esposa Margarita y a sus hermanos Augusto –enorme pintor- e Hilda, La Muñeca, quien en aquellos días estaba muy guapa) como un lugar lleno de luz, discos, libros, carteles, cuadros (sobre todo del propio Augusto), buena música y muy buen sentido del humor. Desde entonces parte mi amistad con el escritor (aunque en esos momentos yo era un escuincle de dieciséis años), de quien para entonces ya había leído varios libros: La tumba, De perfil, La nueva música clásica, Se está haciendo tarde (Final en Laguna) y otros, además de que leía sus artículos de rock en El Heraldo de México (diario en el que José Agustín también solía traducir letras de canciones de los Beatles, los Rolling Stones, Frank Zappa, Jefferson Airplane, etcétera) y las revistas Pop y La Piedra Rodante, ambas en circulación por ese entonces (la foto de portada del número ocho de esta última fue tomada precisamente en el depto agustiniano de la Del Valle y aquí la incluyo). Por supuesto que su literatura me cimbró (había leído La Tumba a mis catorce marzos) y me marcó para siempre, aparte de que sus textos sobre rock sin duda incrementaron mi gusto por el género.

Mi segundo encuentro importante con Agustín –aunque por mi hermano seguí teniendo contactos esporádicos con él, como algunas visitas a su casa de Cuautla- se dio hasta fines de los ochenta, cuando en Editorial Posada me brindaron la dirección de la revista Natura y decidí darle un giro, para hacerla no sólo naturista y vegetariana, sino también ecologista, antinuclearista y contracultural. Para ello invité a José para que colaborara conmigo y aceptó de muy buen grado, con lo que se inició una colaboración editorial que llegaría a su máximo nivel en la revista La Mosca en la Pared, en la cual participó con su columna La cocina del alma desde el primer número, aparecido en febrero de 1994, hasta el último, editado en marzo de 2008.
Larga pues ha sido la amistad y la colaboración entre el Josagus y yo. Conozco bien a dos de sus hijos (Andrés y José Agustín, ambos colaboradores de La Mosca en diferentes momentos), aunque a Jesús, el mayor, sólo lo conocí cuando era un chavito. De vez en vez hablamos por teléfono y/o nos escribimos. La última vez que lo vi en persona fue hace ya algunos años, en 2002, cuando fui con María José Cortés, Isadora Hastings, Damián Ortega y mi hermano Sergio a comer, un sábado lleno de sol, a su preciosa casa cuautlense.

Ahora, diez días después de que le mandé una invitación escrita para que se integre al nuevo proyecto en que estoy trabajando y seis meses después de que hablamos por teléfono y me invitó a pasar un fin de semana en su ya referida casa (cuestión que aún no se concreta), me entero de primera mano del accidente que sufrió en la ciudad de Puebla y del cual por fortuna va saliendo bien librado.
Sólo palabras de agradecimiento puedo externar por José Agustín (quien también había escrito el prólogo para mi libro de entrevistas Rock bajo palabra que en 1996 se quedó entre los proyectos cancelados de Editorial Planeta por falta de presupuesto), siempre tan generoso, desinteresado, afable y buena onda conmigo. Es una persona a quien quiero mucho, lo mismo que a su esposa Margarita y sus tres sensacionales hijos. Espero que se reestablezca pronto y que lea estas sinceras palabras (y que nos veamos muy pronto en su querida y cálida Cuautla).