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lunes, 10 de febrero de 2020

Los Rodríguez, los Michel y el cine mexicano

Mi familia materna tiene una relación muy cercana con el cine mexicano, en especial con el primer cine sonoro y con la llamada época de oro del cine nacional. Mi abuela María se apellidaba Ruelas Santana y era originaria del pueblo de Autlán de la Grana, Jalisco. Su prima Maclovia era la mamá de Enrique, José (Joselito), Emma, Roberto e Ismael Rodríguez Ruelas. Exacto: los mismísimos hermanos Rodríguez. Los mismos que introdujeron el cine sonoro en México y los mismos que descubrieron nada menos que a Pedro Infante, posiblemente el mayor ídolo popular que ha dado nuestro país en todos los ámbitos.
   Contaba mi madre (hoy su memoria lo ha olvidado) que cuando llegó a la Ciudad de México, a finales de los años 30 del siglo pasado, ella y su hermana Raquel solían acompañar a su primo Ismael Rodríguez a la estación radiofónica XEW, para asistir a los programas “en vivo” que ahí se producían. En realidad, la intención de Ismael no era la de ir como simple espectador, sino la de descubrir talentos para las películas que él y sus hermanos empezaban a producir. Fue en uno de esos programas, en un concurso de cantantes, donde mi tío descubrió a Pedro Infante y le ofreció convertirlo en actor. La historia que siguió todos los mexicanos (bueno, no sé si también los millennials y la generación Z) nos la sabemos. Fue de esa manera que mi mamá conoció en persona a Pedro, cuando éste apenas hacía sus pininos. Ya después Infante filmaría con mis tíos películas como Nosotros los pobres, Los tres García, Los tres huastecos, Escuela de vagabundos, La oveja negra, A toda máquina (en la que actúa mi tía Emma Rodríguez en el papel de doña Angustias, la vecina de los dos motociclistas interpretados por Pedro Infante y Luis Aguilar) y tantas más, dirigidas casi todas por Ismael y algunas por Joselito. Hablando de mi tío Joselito, dos de sus hijos fueron actores: Pepito y Titina Romay, quienes protagonizaron películas tan olvidables como Pepito, as del volante o El misterio del Huracán Ramírez. Ni hablar.
   Además de convivir con sus primos Rodríguez, por el lado de los Ruelas, mi mamá, Rebeca Michel Ruelas, también se llevaba muy bien con otra prima del medio artístico, aunque esta era por parte de los Michel: la eximia actriz Isabella Corona. Me cuenta mi hermana Myrna que nuestra madre solía hablar muy impresionada de la cama giratoria que Isabella tenía en su recámara y que le permitía, por ejemplo, alcanzar el teléfono sin tener que moverse de su lugar, haciendo girar mecánicamente su enorme lecho.
   Otros parientes nuestros del medio cinematográfico eran los Philips, ya que el camarógrafo canadiense Alex Philips se casó con una prima de mi abuela de nombre Alicia Bolaños. Don Alex fue director de fotografía de todo tipo de cintas, desde las legendarias Santa (primera película sonora mexicana –sí, con el sistema de sonido que trajeron mis tíos Rodríguez de los Estados Unidos)– y La mujer del puerto hasta Robinson Crusoe de Luis Buñuel, Viento negro de Servando González y El castillo de la pureza de Arturo Ripstein, entre muchísimas más. Su hijo, Alex Philips Jr., fallecido en 2007, fue sobrino de mi abuela María y primo segundo de mi mamá. Mi tío Alex estuvo casado con la actriz Ofelia Medina, con la que procreó un hijo y quien, coincidentemente, tuvo su debut estelar en el cine en 1969, en la película Patsy, mi amor, dirigida por el cineasta Manuel Michel…, también primo de mi mamá, seis años menor que ella. Poco después, Ofelia se haría muy amiga de mi hermano, el cineasta Sergio García, con quien también haría un par de películas en Super 8.
   Por cierto, mencioné que mi abuelita María se apellidaba Ruelas Santana y que nació en Autlán, Jalisco, el mismo lugar donde en los años 40 nació el músico Carlos Santana, quien era su sobrino nieto y vendría a ser algo así como mi primo segundo. Pues eso.

jueves, 1 de octubre de 2015

Giovanna (una pequeña historia italiana)

Giovanna Moya Rossi de niña, en una bellísima
fotografía de su padre, Rodrigo Moya.
Sucedió en 1973. Yo tenía dieciocho años y ella catorce. La conocí por mi hermano Sergio, ya que la invitó a participar en su película Qué tiempos aquellos de la que yo había escrito el guión. Se llamaba Giovanna y en aquel momento yo sólo sabía que era prima de Alejandra Moya (una joven muy guapa que también participaba en la cinta) y sobrina de la coreógrafa Colombia Moya (madre de Alejandra). Me enamoré perdidamente de Giovanna. Me fascinaba. Era delgada, blanca, de cabello oscuro, me parecía una preciosidad. Yo era muy tímido y apenas me atrevía a cruzar palabras con ella. Nunca me atreví a decirle cuánto me gustaba. En realidad aquello duró unos pocos meses, ya que al terminar la filmación no volví a verla y jamás se me ocurrió buscarla. El momento de mayor intimidad que recuerdo con ella fue una ocasión en que nos quedamos a solas por unos minutos en la combi de Sergio: ella en la parte delantera, yo atrás, una parte a la que no entraba mucha luz. Giovanna me miró y me dijo "pareces un fantasma". No sé por qué, pero aquello me encantó y a más de cuarenta años de distancia no lo olvido. Incluso usé esa frase en una canción que escribí, en una línea que dice "recuerdo oírte decir 'fantasma'". De hecho, le compuse una canción llamada "Dejaste abierta la puerta". Dos o tres años después, me enteré que se había matado en la carretera. Creo que iba con un novio y se volcaron en un coche. Cosas caprichosas de la vida: en los años ochenta entré a trabajar como redactor y reportero en la revista Técnica Pesquera que dirigía el gran fotógrafo y editor Rodrigo Moya. Resultó que era el papá de Giovanna y que seguido recordaba a su hija accidentada. Jamás me atreví a decirle al buen Rodrigo (curiosamente siempre nos hablamos de "usted") que yo había estado enamorado fugazmente de su hija. La madre de Giovanna era una catedrática italiana de la Facultad de Filosofía y Letras: Annunziatta Rossi (si no me equivoco, hermana del filósofo Alejandro Rossi). Tenía padres y tíos ilustres la Giovannita. Hoy tendría cincuenta y seis años. Era tan bonita, aún la recuerdo con ternura.

Giovanna, de túnica rosa (extremo derecho), en 1973, durante la filmación, en Las Estacas,
Morelos, de ¡Qué tiempos aquellos! La acompañan, de izquierda a derecha, Daria,
Alejandra Moya (de túnica amarilla), Sergio García y Tina French.

martes, 13 de marzo de 2012

El cine Tlalpan

Para quienes nacimos hace algunas décadas en el antiguo pueblo de San Agustín de las Cuevas, el cine Tlalpan forma parte de nuestra educación sentimental y nuestra malformación cinematográfica. Al contrario de los salones de cine neoyorquinos de su infancia y adolescencia (el Midwood, el Kent, el Vogue, el Avalon) que Woody Allen recuerda como templos relucientes e impecables, el Tlalpan jamás rebasó su calidad de cine piojito y absolutamente popular. Su mayor auge lo tuvo en la década de los sesenta, cuando su arquitectura era muy diferente a la actual. Aposentados en sus incomodísimas sillas de triplay, parvadas de mocosos asistíamos a las funciones triples (entre semana) y dobles (sábados y domingos), en las cuales por un peso con cincuenta centavos (entre semana) o dos cincuenta (sábados y domingos) podíamos ver tres películas mexicanas en blanco y negro (del Santo, de Tin Tan, de Viruta y Capulina, del Piporro et al, entre semana) o dos filmes mexicanos o extranjeros en color (sábados y domingos).
  El ambiente en el cine Tlalpan (ubicado en la esquina que hacen la avenida San Fernando y la otrora bellísima calle Juárez) era bastante peculiar y había espectadores de sospechoso aspecto que asistían prácticamente a diario. En particular, yo solía ir con mi bola de cuates de once o doce años y siempre nos sentábamos en la fila “de hasta adelante”. Fue ahí donde vi mi primera película “fuerte”: Mujeres, mujeres, mujeres, pésima cinta mexicana sesentera cuya escena más excitante presentaba a Ana Bertha Lepe peinada con chongo, en calzones rojos (¿o eran negros?), mientras se tapaba los pechos con las manos. Para nosotros, sin embargo, fue como ver porno hardcore. Hoy pasan ese churrito como si nada en el canal 9.

Esto es hoy lo que fue el viejo Cine Tlalpan.
  No obstante, hubo dos momentos cumbres, históricos, en el cine Tlalpan. El primero, cuando se presentó San Martín de Porres (con René Muñoz). Las colas para entrar se extendían a varias cuadras por avenida San Fernando y la hermosa y arbolada calle Juárez. El segundo, cuando se estrenó El Cid, con Charlton Heston. Fue para los tlalpeños un verdadero shock cultural en cinemascope y technicolor.
Me parece bien que las autoridades delegacionales hayan recuperado y remozado al cine Tlalpan, para transformarlo en el auditorio Ollin Kan. Lástima, sin embargo, que jamás se podrá rescatar su antigua grandeza de sala piojito que hoy nos causa a algunos, ¡ay!, tanta nostalgia.