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jueves, 1 de octubre de 2015

Giovanna (una pequeña historia italiana)

Giovanna Moya Rossi de niña, en una bellísima
fotografía de su padre, Rodrigo Moya.
Sucedió en 1973. Yo tenía dieciocho años y ella catorce. La conocí por mi hermano Sergio, ya que la invitó a participar en su película Qué tiempos aquellos de la que yo había escrito el guión. Se llamaba Giovanna y en aquel momento yo sólo sabía que era prima de Alejandra Moya (una joven muy guapa que también participaba en la cinta) y sobrina de la coreógrafa Colombia Moya (madre de Alejandra). Me enamoré perdidamente de Giovanna. Me fascinaba. Era delgada, blanca, de cabello oscuro, me parecía una preciosidad. Yo era muy tímido y apenas me atrevía a cruzar palabras con ella. Nunca me atreví a decirle cuánto me gustaba. En realidad aquello duró unos pocos meses, ya que al terminar la filmación no volví a verla y jamás se me ocurrió buscarla. El momento de mayor intimidad que recuerdo con ella fue una ocasión en que nos quedamos a solas por unos minutos en la combi de Sergio: ella en la parte delantera, yo atrás, una parte a la que no entraba mucha luz. Giovanna me miró y me dijo "pareces un fantasma". No sé por qué, pero aquello me encantó y a más de cuarenta años de distancia no lo olvido. Incluso usé esa frase en una canción que escribí, en una línea que dice "recuerdo oírte decir 'fantasma'". De hecho, le compuse una canción llamada "Dejaste abierta la puerta". Dos o tres años después, me enteré que se había matado en la carretera. Creo que iba con un novio y se volcaron en un coche. Cosas caprichosas de la vida: en los años ochenta entré a trabajar como redactor y reportero en la revista Técnica Pesquera que dirigía el gran fotógrafo y editor Rodrigo Moya. Resultó que era el papá de Giovanna y que seguido recordaba a su hija accidentada. Jamás me atreví a decirle al buen Rodrigo (curiosamente siempre nos hablamos de "usted") que yo había estado enamorado fugazmente de su hija. La madre de Giovanna era una catedrática italiana de la Facultad de Filosofía y Letras: Annunziatta Rossi (si no me equivoco, hermana del filósofo Alejandro Rossi). Tenía padres y tíos ilustres la Giovannita. Hoy tendría cincuenta y seis años. Era tan bonita, aún la recuerdo con ternura.

Giovanna, de túnica rosa (extremo derecho), en 1973, durante la filmación, en Las Estacas,
Morelos, de ¡Qué tiempos aquellos! La acompañan, de izquierda a derecha, Daria,
Alejandra Moya (de túnica amarilla), Sergio García y Tina French.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Leyla

Los años de secundaria son propicios para el amor platónico. Sobre todo si se está en una escuela mixta. Leyla se llamaba ella. Iba en tercero A y yo en tercero C. Ambos en la secundaria No. 29, en Tlalpan. Era 1969. A lo largo de diez largos meses me había limitado a contemplarla a diario, durante los descansos de diez minutos entre clase y clase, sin atreverme a hablarle. Ella no se daba cuenta, ya que la miraba desde prudente distancia. Mis amigos se burlaban de mí. "Ya llégale", "no seas pendejo", etcétera. Pero era una diosa y me intimidaba. Morena, esbelta, de largo, sedoso y lacio cabello oscuro, con un rostro perfecto y unas piernas maravillosas bajo su faldita de escolapia. De origen libanés, Leyla era sin duda la muchacha más bella de la secundaria y la más bella que yo haya visto jamás.
  Último día de clases. Último día y, por ende, quizá la última oportunidad de conocer a aquella diva. A la hora de la salida, un amigo me instó a hablarle, pero no me atreví. De pronto, me abrazó por los hombros y me hizo girar ciento ochenta grados. Lo que vi entonces fue impresionante. Frente a mí estaba ella, Leyla, acompañada por dos amigas.
  -Te presento a Hugo -dijo mi cuate.
  Aterrado, me sonrojé como nunca y sólo atiné a decirle que había escrito una obra de teatro (en realidad sólo era el primer acto) y que me gustaría que ella interpretara el papel principal. Sonrió amable. Me dijo que le pasara una copia. Se despidió. Y se fue.
  Jamás la volví a ver. Nada supe de ella. No tuve manera de localizarla. Supongo que se habrá casado con un hombre rico. Tal vez tuvo varios hijos y hoy es una señora gorda de cincuenta y cinco años. Aun así, si alguien la conoce, díganle que todavía conservo la obrita teatral y que tengo una sobrina de veintiséis años que, en su honor, también se llama Leyla.