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| Giovanna Moya Rossi de niña, en una bellísima fotografía de su padre, Rodrigo Moya. |
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jueves, 1 de octubre de 2015
Giovanna (una pequeña historia italiana)
lunes, 7 de noviembre de 2011
Leyla
Los años de secundaria son propicios para el amor
platónico. Sobre todo si se está en una escuela mixta. Leyla se llamaba ella.
Iba en tercero A y yo en tercero C. Ambos en la secundaria No. 29, en Tlalpan.
Era 1969. A lo largo de diez largos meses me había limitado a contemplarla a
diario, durante los descansos de diez minutos entre clase y clase, sin
atreverme a hablarle. Ella no se daba cuenta, ya que la miraba desde prudente
distancia. Mis amigos se burlaban de mí. "Ya llégale", "no seas
pendejo", etcétera. Pero era una diosa y me intimidaba. Morena, esbelta,
de largo, sedoso y lacio cabello oscuro, con un rostro perfecto y unas piernas
maravillosas bajo su faldita de escolapia. De origen libanés, Leyla era sin
duda la muchacha más bella de la secundaria y la más bella que yo haya visto
jamás.
Último día
de clases. Último día y, por ende, quizá la última oportunidad de conocer a
aquella diva. A la hora de la salida, un amigo me instó a hablarle, pero no me
atreví. De pronto, me abrazó por los hombros y me hizo girar ciento ochenta
grados. Lo que vi entonces fue impresionante. Frente a mí estaba ella, Leyla,
acompañada por dos amigas.
-Te
presento a Hugo -dijo mi cuate.
Aterrado,
me sonrojé como nunca y sólo atiné a decirle que había escrito una obra de
teatro (en realidad sólo era el primer acto) y que me gustaría que ella
interpretara el papel principal. Sonrió amable. Me dijo que le pasara una
copia. Se despidió. Y se fue.
Jamás la
volví a ver. Nada supe de ella. No tuve manera de localizarla. Supongo que se
habrá casado con un hombre rico. Tal vez tuvo varios hijos y hoy es una señora
gorda de cincuenta y cinco años. Aun así, si alguien la conoce, díganle que
todavía conservo la obrita teatral y que tengo una sobrina de veintiséis años
que, en su honor, también se llama Leyla.
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