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miércoles, 2 de diciembre de 2015

Memorias de mis yoyos tristes

Nunca fui un buen jugador de yoyo. Jamás pude realizar suertes como “El columpio”. “El perrito” medio me salía y al tratar de hacer “La vuelta al mundo”, varias veces me llevé tremendos yoyazos en la cabeza (o la choya, como le decíamos cariñosamente a la tête en esos mis tiempos de niño y adolescente).
  Aparte estaba lo de la situación económica de mi familia. Pertenecíamos a una clase media bastante venida a menos y muchos de los juguetes que sus papás regalaban a mis amigos y primos de mayor capacidad económica, para mí se quedaban en el mundo de los sueños incumplidos y los anhelos frustrados. Esto quiere decir que los yoyos que llegué a poseer eran aquellos baratones y chafitas que vendían en la mercería de la esquina. No recuerdo haber tenido aquellos maravillosos yoyos de las marcas Ledy o Duncan (también la Coca Cola sacaba unos) que se anunciaban en la tele en blanco y negro y que eran carísimos. Recuerdo el yoyo Mariposa o el Majestic, aquel modelo transparente en colores rojo o azul. Si llegué a tenerlos en mis manos y sentir su delicioso deslizar por la cuerda, fue porque algún amigo o primo me lo prestaba “un ratito”.
  Cada año era temporada de yoyo y hasta se hacían concursos a nivel nacional. Había tremendos yoyistas (¿o yoyeros?) y uno se quedaba boquiabierto al verlos en la tele e ilusionarse con que algún día sería capaz de realizar tan fantásticas suertes y hasta ganar un viaje a Disneylandia o algún súper juguete de la juguetería Ara.
  Sueños guajiros.
  No voy a decir que mi afición por los yoyos fue muy grande o que me duró mucho tiempo. Digo, tampoco fui bueno con el balero o con las canicas (me criticaban porque tiraba “de uñita” y de todos modos lo hacía mal). Tal vez por eso fui más dado a inventar mis propios juegos, bajo mis propias reglas y que jugaba solo y mi alma. Eso sí que era un yo-yo.

jueves, 16 de julio de 2015

De paseo al aeropuerto

Estoy leyendo El cerebro de mi hermano, la dura pero a la vez amena novela corta de Rafael Pérez Gay, en la que cuenta los últimos días de su hermano José María y su relación con el mismo. Ya cuando la termine haré aquí la reseña. Si la menciono ahora es porque en un pasaje de la misma, Rafael refiere que cuando era niño, sus papás lo llevaban de paseo al aeropuerto de la ciudad, para ver la llegada y salida de los aviones.
  Yo también disfruté de esa diversión cuando tenía ocho o nueve años y, en efecto, mis papás también nos llevaban en el carro, a mí y a mis hermanos Myrna y Jorge, desde Tlalpan hasta las rejas del aeropuerto que daban a una avenida desde la que se podían ver sin problemas las pistas de la central aérea. Ahí nos pasábamos las horas, felices de la vida. Sergio ya estaba grande para eso, pero igual llegó a ir con nosotros. Ivette no había nacido todavía. Hablo de mediados de los años sesenta y gracias a la novela de Pérez Gay recordé aquellos felices y emocionantes momentos que quizás hoy parezcan demasiado simples, pero que en aquellos días constituían un entretenimiento fabuloso y además gratuito. Ver los despegues de las aeronaves o el momento en que descendían y aterrizaban era en verdad muy padre. "¡Mira, allá viene uno!", gritábamos desde que veíamos un punto en el cielo, el cual se iba haciendo cada vez más grande hasta tomar forma de avión y llegar a las pistas. Era genial.
  Tengo la idea de que ya por ese entonces estaba el avión-restaurante, de lo que no me acuerdo es de si alguna vez llegamos a entrar.
  Lindos recuerdos de infancia.