Un día, hará unos diez años, Fernando Rivera Calderón me llamó por teléfono para decirme que un amigo suyo lo había invitado a una comida y le había pedido que me llevara a la misma, porque era fiel lector de La Mosca en la Pared y quería conocerme. El amigo de marras era Manuel Ávila Camacho, a quien yo sólo conocía de nombre y como un personaje ligado de una y muchas maneras a los mundos de la política mexicana, la cultura, la farándula y el jet set nacional e internacional. La cita era en La Bodega, en la colonia Condesa, y ahí llegué junto con Fernando. Me presentó a Manuel y éste nos hizo sentar ante una larga mesa, llena de comensales. No había una sola representante del sexo femenino y tuve la impresión de que Rivera Calderón y yo éramos los dos únicos heterosexuales. La comida se prolongó hasta la noche y resultó muy agradable, sobre todo porque Ávila Camacho –un hombre bajito, de aspecto frágil y delicado- se portó como un magnífico anfitrión y un muy divertido y ameno conversador, un fábricante de anécdotas en las cuales aparecían nombres que iban de Jim Morrison a María Félix y de Severo Sarduy a Lorena Velázquez.
Uno o dos años después, hubo una nueva invitación –otra vez por intermediación de Fernando- a una nueva comilona, esta vez en una cantina de la avenida Coyoacán, en la colonia Del Valle. Era el cumpleaños de Manuel y había más gente que la vez anterior, pero otra vez no había mujeres (bueno, estaba la actriz-actor Libertad) y me pareció notar -de nueva cuenta- que los únicos heterosexuales éramos el buen Fer y yo, además del indescriptible Pancho Cachondo. Todo estuvo muy divertido. Cominos y bebimos sin medida y al final quedé con Manuel de que alguna vez tendría que entrevistarlo para La Mosca sobre todo aquello en lo que él había tenido que ver con el rock, en especial cuando escandalizó a la mocha e hipócrita sociedad mexicana de fines de los sesenta, al traer a Acapulco la rock ópera Hair, y cuando llevó al mismísimo Jim Morrison a la casa presidencial de Los Pinos, en los tiempos en que el primer mandatario de la nación era nada menos que el ominoso Gustavo Díaz Ordaz. Según Manuel, junto con el hijo rocanrolero del ex presidente armaron un fiestón en el cual circuló toda clase de estupefacientes y en el que el Rey Lagarto era el invitado de honor, hasta que el propio Díaz Ordaz bajó en bata para acabar con el reventón.
Varias veces hablé con Ávila Camacho por teléfono, pero nunca lo volví a ver. De hecho, quedó en enviarme a una persona para que recogiera un paquete de ejemplares atrasados de La Mosca que le ofrecí, pero jamás lo mandó. Lo de la entrevista estaba en el aire y lo seguía estando sin que alguno de los dos se apresurara por llevarla a cabo. Como que nunca me imaginé que pudiera irse como se fue, tan repentinamente, un día de octubre de 2007. De hecho, me enteré de su muerte hasta poco después, al ver una nota en la sección de espectáculos de Milenio Diario. Me dejó helado. Yo no era tan amigo suyo como para que me hubieran avisado de su funeral, pero sé que Fernando sí acudió al mismo y se asomó a la caja para cerciorarse de que el difunto era Manuel y no un muñeco. Bien pudiera tratarse de una broma macabra del sarcástico personaje para burlarse de sus amigos y enemigos.
Una de las mayores ironías de todo esto es que desde hace casi quince años yo vivo en una calle que lleva el nombre del padre de Manuel, es decir, Maximino Ávila Camacho, un personaje a quien la historia oficial le ha cargado el sambenito de siniestro y asesino, aunque Manuel siempre lo defendió a capa y espada. Incluso, aseguraba que su padre había sido un hombre bueno y generoso y que dado el poder que tenía, muy posiblemente hubiera sido el sucesor en Los Pinos de su hermano, el presidente Manuel Ávila Camacho, pero que éste lo habría mandado envenenar para favorecer a Miguel Alemán Valdés. Eso contaba el también cineasta, quien conocía al dedillo las historias de todas las primeras damas mexicanas del siglo veinte, algunas de las cuales le parecían admirables, mientras que otras le resultaban abominables.
Políticamente incorrectísimo, Manuel era admirador del régimen priista y defendía con sólidos argumentos no sólo a su padre –personaje villanesco, por cierto, en la novela Arráncame la vida de Ángeles Mastreta-, sino también a Díaz Ordaz, a Luis Echeverría y a sus queridísimas Sasha Montenegro e Irma Serrano, "La Tigresa".
Nunca negó su bisexualidad e incluso hablaba de las bondades de la misma y de sus amoríos europeos con gente de la nobleza como Humberto I, ex rey de Italia, y con el mismísimo director de cine Pier Paolo Pasolini.
Trato de recordar la última vez que hablé con él por teléfono. Fue a principios de 2007 y me recomendó a un amigo o protegido suyo, cuyo nombre no recuerdo, quien había grabado un disco. “A ver si le puedes echar una mano en La Mosca", me dijo. Le contesté que sí, pero el disco nunca llegó a mis manos.
Ahora Manuel está al lado de Maximino y de muchos de sus queridos y entrañables muertos. No debió irse tan pronto, pero queda el consuelo de que no fue testigo de la “catástrofe” que él mismo vaticinó para el país, después de lo que consideraba como “la traición” de Ernesto Zedillo que trajo la derrota del PRI y el fin de sus gobiernos (hasta ese momento).
No puedo imaginar que Manuel Ávila Camacho descanse en paz. Era demasiado hiperactivo.
Mostrando entradas con la etiqueta Personajes en mi vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Personajes en mi vida. Mostrar todas las entradas
lunes, 1 de septiembre de 2014
miércoles, 27 de agosto de 2014
Rius
Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros treinta años, como Eduardo del Río, el estupendo caricaturista mejor conocido como Rius.
Me topé con su obra y con sus ideas a fines de los años sesenta, cuando yo tenía trece años y mi hermano Sergio comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes (Calzonzin, Chon Prieto, doña Emerenciana, don Plutarco, el Lechuzo, Arsenio, don Lucas, etcétera, cada uno un prototipo social: el gobernante, el gendarme, el burócrata, la beata, el borrachín, el indígena ilustrado y consciente), sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo, claro, de Los Supermachos, revista semanal de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz (estoy hablando aproximadamente de los años 1967 y 1968).
Al lado de publicaciones como la revista Siempre! o la casi clandestina Por qué!, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen (en secundaria, encuaderné dos tomos de ejemplares de la revista, mismos que aún conservo).
Más tarde vinieron Los Agachados, del mismo Rius, editados por Posada, empresa dirigida por el entrañable don Guillermo Mendizábal Lizalde y en la que el caricaturista comenzó a sacar sus primeros libros, como los inolvidables Cuba para principiantes y, más adelante, La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista (además de antipriista y antirreligioso) y gracias al segundo, me convertí en vegetariano en 1969. También me entró la idea de ser caricaturista y me puse a imitar los monos del michoacano y a escribir algunas cosas inspiradas en él, como una pretensiosa e ingenua historia de la humanidad.
Rius puso en circulación muchos otros libros sobre los más diversos temas, al tiempo que en Los Agachados (virtual continuación de Los Supermachos y de los que también tengo muchos números) abordó de manera concisa y, hoy puedo verlo, un tanto esquemática, muchos otros asuntos políticos, sociales y culturales. Asimismo, por esa época apareció La garrapata, en la que Rius y otros colegas suyos, como Helio Flores y Rogelio Naranjo, siguieron ejerciendo una crítica cada vez más radical y al mismo tiempo humorística, aprovechando la relativa apertura que a principios de los setenta otorgó (porque así fue: él la otorgó) el gobierno del nuevo presidente: Luis Echevarría Álvarez. Fui fan de La garrapata y también conservo ejemplares.
A lo largo de esa década, seguí siendo fiel seguidor de todo lo que publicaba Eduardo del Río y quiso la vida que a fines del decenio entrara yo a trabajar precisamente a Editorial Posada, donde en no pocas ocasiones me tocó ver a Rius, aunque jamás me atreví a hablarle. En 1982 salí de Posada y no regresé hasta 1987, para dirigir la revista Natura (fundada por el propio Rius años atrás). Al año siguiente, la editorial editó mi primer libro, Más allá de Laguna Verde, una investigación periodística sobre la planta nuclear veracruzana y tuve el privilegio de que la portada la ilustrara mi héroe Rius (aunque no sé por qué no le puso su famosa firma). Aún así, sólo en una ocasión tuve la oportunidad de saludarlo y darle las gracias. Me pareció un tipo seco y no del todo amable.
Con el paso de los años (volví a dejar Posada en 1989), mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante y escritor. Yo comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real (ya habían desaparecido la URSS y el bloque socialista europeo), incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba, aunque siempre seguí considerándome -como hasta la fecha- un hombre de izquierda. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y más o menos ahí permanece.
Hace mucho que no lo sigo y que no leo sus libros, pero guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
Ah, también dejé de ser vegetariano.
Me topé con su obra y con sus ideas a fines de los años sesenta, cuando yo tenía trece años y mi hermano Sergio comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes (Calzonzin, Chon Prieto, doña Emerenciana, don Plutarco, el Lechuzo, Arsenio, don Lucas, etcétera, cada uno un prototipo social: el gobernante, el gendarme, el burócrata, la beata, el borrachín, el indígena ilustrado y consciente), sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo, claro, de Los Supermachos, revista semanal de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz (estoy hablando aproximadamente de los años 1967 y 1968).
Al lado de publicaciones como la revista Siempre! o la casi clandestina Por qué!, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen (en secundaria, encuaderné dos tomos de ejemplares de la revista, mismos que aún conservo).
Más tarde vinieron Los Agachados, del mismo Rius, editados por Posada, empresa dirigida por el entrañable don Guillermo Mendizábal Lizalde y en la que el caricaturista comenzó a sacar sus primeros libros, como los inolvidables Cuba para principiantes y, más adelante, La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista (además de antipriista y antirreligioso) y gracias al segundo, me convertí en vegetariano en 1969. También me entró la idea de ser caricaturista y me puse a imitar los monos del michoacano y a escribir algunas cosas inspiradas en él, como una pretensiosa e ingenua historia de la humanidad.
Rius puso en circulación muchos otros libros sobre los más diversos temas, al tiempo que en Los Agachados (virtual continuación de Los Supermachos y de los que también tengo muchos números) abordó de manera concisa y, hoy puedo verlo, un tanto esquemática, muchos otros asuntos políticos, sociales y culturales. Asimismo, por esa época apareció La garrapata, en la que Rius y otros colegas suyos, como Helio Flores y Rogelio Naranjo, siguieron ejerciendo una crítica cada vez más radical y al mismo tiempo humorística, aprovechando la relativa apertura que a principios de los setenta otorgó (porque así fue: él la otorgó) el gobierno del nuevo presidente: Luis Echevarría Álvarez. Fui fan de La garrapata y también conservo ejemplares.
A lo largo de esa década, seguí siendo fiel seguidor de todo lo que publicaba Eduardo del Río y quiso la vida que a fines del decenio entrara yo a trabajar precisamente a Editorial Posada, donde en no pocas ocasiones me tocó ver a Rius, aunque jamás me atreví a hablarle. En 1982 salí de Posada y no regresé hasta 1987, para dirigir la revista Natura (fundada por el propio Rius años atrás). Al año siguiente, la editorial editó mi primer libro, Más allá de Laguna Verde, una investigación periodística sobre la planta nuclear veracruzana y tuve el privilegio de que la portada la ilustrara mi héroe Rius (aunque no sé por qué no le puso su famosa firma). Aún así, sólo en una ocasión tuve la oportunidad de saludarlo y darle las gracias. Me pareció un tipo seco y no del todo amable.
Con el paso de los años (volví a dejar Posada en 1989), mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante y escritor. Yo comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real (ya habían desaparecido la URSS y el bloque socialista europeo), incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba, aunque siempre seguí considerándome -como hasta la fecha- un hombre de izquierda. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y más o menos ahí permanece.
Hace mucho que no lo sigo y que no leo sus libros, pero guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
Ah, también dejé de ser vegetariano.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Raúl Prieto
Para sus seres queridos, para su gente cercana, la muerte de Raúl Prieto Río de la Loza, mejor conocido con su legendario sobrenombre de Nikito Nipongo, no fue algo del todo inesperado. Una larga enfermedad lo tuvo postrado durante cerca de un año y los últimos tres meses se vio privado incluso de todo movimiento corporal. Frente a eso, ante la imposibilidad de escribir, el hombre de ochenta y cinco años pareció no ver razón alguna para seguir adelante. Su muerte, el 19 de septiembre de 2003, fue una forma de decir que había llegado la hora de descansar de su larga trayectoria como crítico del español que se mal usa en México, España y todos los países de habla hispana y como cuestionador implacable de la estupidez. Descanse en paz el terror de los pedantes académicos de la lengua, de las vacas sagradas de la cultura nacional, de los presuntos escritores y periodistas que carecen de sentido sintáctico y a veces hasta ortográfico, de los publicistas que destrozan impunemente al idioma, de los políticos mexicanos y su sempiterna imbecilidad.
Conocí a don Raúl en la década de los sesenta, siendo yo un niño, por la muy cercana amistad que había entre su familia y el lado paterno de la mía. Su hijo Pablo y yo éramos –y seguimos siendo- más o menos de la misma edad. Sin embargo, yo no tenía la menor idea de que aquel señor que parecía siempre gruñón y enfadado tenía un alter ego de nombre Nikito Nipongo, quien desde 1949 escribía una columna itinerante llamada “Perlas japonesas”, en la cual hacía pomada tanto a quienes mal hablaban y mal escribían el castellano como a todo tipo de funcionarios y otras lacras, cuyas corruptelas e idioteces eran blanco de su aguda y sardónica pluma. En 1991 coincidimos como colaboradores de la sección cultural de El Financiero, donde tuve la oportunidad de saludarlo más de una vez.
Raúl Prieto nació en San Pedro de los Pinos, en el Distrito Federal (y no en la inexistente “Ciudad de México”, como él siempre insistía), "al término de la Primera Guerra Mundial". Fue autor de numerosos libros, entre los cuales destacan El Diccionario, Madre Academia, ¡Vuelve la Real Madre Academia! y Museo Nacional de Horrores. Colaboró -con sus ya mencionadas "Perlas Japonesas"- en los diarios Excelsior, Novedades, La Jornada y El Financiero, así como en las revistas Siempre! y Sucesos.
Tuve la fortuna de entrevistarlo en febrero de 2002, en su casa de la colonia Roma. Una parte de esa charla se publicó en Milenio Semanal, el 31 de marzo del mismo año. La otra parte versó específicamente sobre su experiencia como crítico y la publiqué en La Mosca en la Pared. Lo recuerdo en bata, un tanto enfermo, aunque nada me hizo imaginar que su padecimiento se agravaría algunos meses más tarde. A pesar de su malestar, fue muy atento y cordial y era claro que su memoria y su agudeza permanecían intactas. Su voz gastada no ocultaba los matices irónicos de sus comentarios. He aquí el segmento que no se publicó en Milenio Semanal de la que quizás haya sido la última entrevista de don Raúl Prieto para algún medio.
¿Qué tan importante es la crítica?
Yo creo que es conveniente que exista. En lo personal, la practico como algo natural. Para mí es una diversión. Cuando veo que algo que ha sido publicado está mal escrito, en seguida trato de enmendarlo. No me interesa quién lo haya redactado o quién lo haya dicho, a mí sólo me importa señalar lo que aparece impreso. En general no trato de molestar al autor, aunque algunos me la refrescan cuando los critico. Pero no siempre es así. Por ejemplo, en cierta ocasión el maestro Luis Herrera de la Fuente confundió a la pirámide de Cuicuilco y dijo "la pirámide de Copilco". Yo lo critiqué en mi columna y don Luis reconoció que había metido las patas, me dio las gracias por televisión y de ahí nació una amistad que continúa hasta hoy. Don Luis no es un acomplejado. Se da cuenta de que ha cometido un error, lo reconoce y ya. Es muy importante que la crítica exista en todos los géneros. Por ejemplo, en el cine. De joven yo leía las críticas cinematográficas de Xavier Villaurrutia y me servían mucho, porque en general cuando este cuate juzgaba las películas tenía razón. También en política la crítica es muy importante, aunque los políticos suelen ser unos cretinazos que se molestan cuando se les cuestiona. Pero cuando un presidente, enfrente de la Real Academia de la Lengua, demuestra que es un ignorante y dice barbaridades como esa de "José Luis Borgues", se le tiene que señalar, aunque luego diga que la prensa dice puras babosadas.
¿Tiene usted alguna fórmula para hacer crítica?
No. Simplemente encargo varios periódicos y revistas, los reviso y por fortuna siempre encuentro perlas en ellos. Es una industria que no se acaba. Entonces, no me limito a los textos hablados o escritos, sino a toda clase de imbecilidades.
¿Qué opina de la famosa frase "el crítico es un artista frustrado"?
Bueno, yo no me considero un artista frustrado. Tengo muchos libros publicados y una carrera periodística larguísima. Son tonterías, mentiras. Algunas veces me han dicho amargado, pero no tiene caso molestarse por eso. ¿Cómo podría contestarles? ¿Con insultos? Además, a lo largo de mi carrera, la mayor parte de las cartas y llamadas que recibo son para felicitarme o para comentarme cosas en buen plan.
Hay otro lugar común que afirma que la crítica debe ser positiva y no negativa.
Esas son mamadas. La crítica debe ser destructiva. Si no, no es crítica. Ahora, yo podría escribir en contra del texto de una persona porque me cae mal. Ahí habría una trampa de mi parte. Por eso tengo que sujetarme al escrito, sin importar quién lo haga. El escrito tiene su independencia, sus virtudes, sus defectos, sus desaseos y a ellos y no a su autor es a lo que debo abocarme.
¿Puede haber crítica objetiva o siempre es subjetiva?
Claro, es obvio, es natural que deba ser subjetiva. Por ejemplo, si yo critico la forma de expresarse de Vicente Fox, no es simplemente por ganas de criticarlo, sino porque cometió un error. Eso es independiente de lo que yo pueda pensar de él o de que sea protector de funcionarias cursis como Josefina Vázquez Mota. A esa señora se le ocurrió quitar el nombre que tenía el Instituto Nacional de la Senectud, perfectamente bien nombrado por don Euquerio Guerrero, su fundador, quien no quiso llamar a los viejos "ancianos", "rucos" o "vetarros", sino "senectos", que es más delicadito. Pero no, gracias a esta santa mujer, ahora el organismo se llama Instituto Nacional de los Adultos en Plenitud. Igual que uno de sus programas políticos se llama "Contigo". Por demás cursi y estúpido.
¿Cómo se imagina usted un mundo en el cual no existiera la crítica?
Bastante aburrido. Ni siquiera puedo concebirlo.
En Interviu, publicación madrileña, apareció una foto de Thalía al lado del siguiente texto: “La novia de México. Así la llaman en su país y así quiere que se le conozca en España, donde ya comenzaban a definirla como la Martha Sánchez mexicana”. Esta Martha, encueratriz española, ha ganado fama en su tierra por sus buenas tetas y, a la vez, por sus pobres nalguitas –las de Thalía, en cambio, son muy apreciables. En cuanto a aquello de La novia de México, título que pretende adjudicarse Thalía, todos sabemos que con justicia pertenece a Juan Gabriel.
El cineasta Rubén Gámez señala en una entrevista: “Tequila es un film; film, no filme”. Don Rubén se niega a castellanizar la voz inglesa film (película), si se trata del sustantivo; mas no tiene empacho en traducir el verbo to film al español; o ¿qué acaso dice “voy a film una escena” en vez de “voy a filmar una escena”? Entonces sea congruente, señor Gámez y, si usa filmar, use también filme y déjese de jaladas.
Tradujeron en México el título inglés de una cinta, Dad, rebautizándola Mi viejo. Se trata de una versión argentina, no mexicana: acá decimos mi papá o mi jefe. Si en México alguien se refiere a su viejo es la señora que habla de su marido.
En el semanario Etcétera, Fabricio Mejía Madrid afirma: “La población se volca en las calles”. -¿Se volca?- pregunta estupefacta mi secretaria Macuca Toluca. –Quizá también se colga declarándose en holga, como conta cuando almorza, según sole hacerlo, pues así ni se las hole ni se forza ni se torce, sin importar si se amola porque su cautín no solda, pues no lo renova.
El jueves 7 de abril de 1997, al llevar su espesa humanidad a las ruinas de Chichen Itza para colaborar en su deterioro, el señor Luciano Pavarotti declaró: “Es un privilegio estar en tierra maya y compartir (sic) una cultura que tuvo contacto con extraterrestres”. Algunos aplaudieron, en vez de que todo el público le aventara huevos podridos.
(*Tomadas del libro Perlas japonesas. Nikito Nipongo. Lectorum. 2001).
Conocí a don Raúl en la década de los sesenta, siendo yo un niño, por la muy cercana amistad que había entre su familia y el lado paterno de la mía. Su hijo Pablo y yo éramos –y seguimos siendo- más o menos de la misma edad. Sin embargo, yo no tenía la menor idea de que aquel señor que parecía siempre gruñón y enfadado tenía un alter ego de nombre Nikito Nipongo, quien desde 1949 escribía una columna itinerante llamada “Perlas japonesas”, en la cual hacía pomada tanto a quienes mal hablaban y mal escribían el castellano como a todo tipo de funcionarios y otras lacras, cuyas corruptelas e idioteces eran blanco de su aguda y sardónica pluma. En 1991 coincidimos como colaboradores de la sección cultural de El Financiero, donde tuve la oportunidad de saludarlo más de una vez.
Raúl Prieto nació en San Pedro de los Pinos, en el Distrito Federal (y no en la inexistente “Ciudad de México”, como él siempre insistía), "al término de la Primera Guerra Mundial". Fue autor de numerosos libros, entre los cuales destacan El Diccionario, Madre Academia, ¡Vuelve la Real Madre Academia! y Museo Nacional de Horrores. Colaboró -con sus ya mencionadas "Perlas Japonesas"- en los diarios Excelsior, Novedades, La Jornada y El Financiero, así como en las revistas Siempre! y Sucesos.
Tuve la fortuna de entrevistarlo en febrero de 2002, en su casa de la colonia Roma. Una parte de esa charla se publicó en Milenio Semanal, el 31 de marzo del mismo año. La otra parte versó específicamente sobre su experiencia como crítico y la publiqué en La Mosca en la Pared. Lo recuerdo en bata, un tanto enfermo, aunque nada me hizo imaginar que su padecimiento se agravaría algunos meses más tarde. A pesar de su malestar, fue muy atento y cordial y era claro que su memoria y su agudeza permanecían intactas. Su voz gastada no ocultaba los matices irónicos de sus comentarios. He aquí el segmento que no se publicó en Milenio Semanal de la que quizás haya sido la última entrevista de don Raúl Prieto para algún medio.
¿Qué tan importante es la crítica?
Yo creo que es conveniente que exista. En lo personal, la practico como algo natural. Para mí es una diversión. Cuando veo que algo que ha sido publicado está mal escrito, en seguida trato de enmendarlo. No me interesa quién lo haya redactado o quién lo haya dicho, a mí sólo me importa señalar lo que aparece impreso. En general no trato de molestar al autor, aunque algunos me la refrescan cuando los critico. Pero no siempre es así. Por ejemplo, en cierta ocasión el maestro Luis Herrera de la Fuente confundió a la pirámide de Cuicuilco y dijo "la pirámide de Copilco". Yo lo critiqué en mi columna y don Luis reconoció que había metido las patas, me dio las gracias por televisión y de ahí nació una amistad que continúa hasta hoy. Don Luis no es un acomplejado. Se da cuenta de que ha cometido un error, lo reconoce y ya. Es muy importante que la crítica exista en todos los géneros. Por ejemplo, en el cine. De joven yo leía las críticas cinematográficas de Xavier Villaurrutia y me servían mucho, porque en general cuando este cuate juzgaba las películas tenía razón. También en política la crítica es muy importante, aunque los políticos suelen ser unos cretinazos que se molestan cuando se les cuestiona. Pero cuando un presidente, enfrente de la Real Academia de la Lengua, demuestra que es un ignorante y dice barbaridades como esa de "José Luis Borgues", se le tiene que señalar, aunque luego diga que la prensa dice puras babosadas.
¿Tiene usted alguna fórmula para hacer crítica?
No. Simplemente encargo varios periódicos y revistas, los reviso y por fortuna siempre encuentro perlas en ellos. Es una industria que no se acaba. Entonces, no me limito a los textos hablados o escritos, sino a toda clase de imbecilidades.
¿Qué opina de la famosa frase "el crítico es un artista frustrado"?
Bueno, yo no me considero un artista frustrado. Tengo muchos libros publicados y una carrera periodística larguísima. Son tonterías, mentiras. Algunas veces me han dicho amargado, pero no tiene caso molestarse por eso. ¿Cómo podría contestarles? ¿Con insultos? Además, a lo largo de mi carrera, la mayor parte de las cartas y llamadas que recibo son para felicitarme o para comentarme cosas en buen plan.
Hay otro lugar común que afirma que la crítica debe ser positiva y no negativa.
Esas son mamadas. La crítica debe ser destructiva. Si no, no es crítica. Ahora, yo podría escribir en contra del texto de una persona porque me cae mal. Ahí habría una trampa de mi parte. Por eso tengo que sujetarme al escrito, sin importar quién lo haga. El escrito tiene su independencia, sus virtudes, sus defectos, sus desaseos y a ellos y no a su autor es a lo que debo abocarme.
¿Puede haber crítica objetiva o siempre es subjetiva?
Claro, es obvio, es natural que deba ser subjetiva. Por ejemplo, si yo critico la forma de expresarse de Vicente Fox, no es simplemente por ganas de criticarlo, sino porque cometió un error. Eso es independiente de lo que yo pueda pensar de él o de que sea protector de funcionarias cursis como Josefina Vázquez Mota. A esa señora se le ocurrió quitar el nombre que tenía el Instituto Nacional de la Senectud, perfectamente bien nombrado por don Euquerio Guerrero, su fundador, quien no quiso llamar a los viejos "ancianos", "rucos" o "vetarros", sino "senectos", que es más delicadito. Pero no, gracias a esta santa mujer, ahora el organismo se llama Instituto Nacional de los Adultos en Plenitud. Igual que uno de sus programas políticos se llama "Contigo". Por demás cursi y estúpido.
¿Cómo se imagina usted un mundo en el cual no existiera la crítica?
Bastante aburrido. Ni siquiera puedo concebirlo.
Algunas Perlas japonesas*
* * * * *
El cineasta Rubén Gámez señala en una entrevista: “Tequila es un film; film, no filme”. Don Rubén se niega a castellanizar la voz inglesa film (película), si se trata del sustantivo; mas no tiene empacho en traducir el verbo to film al español; o ¿qué acaso dice “voy a film una escena” en vez de “voy a filmar una escena”? Entonces sea congruente, señor Gámez y, si usa filmar, use también filme y déjese de jaladas.
* * * * *
Tradujeron en México el título inglés de una cinta, Dad, rebautizándola Mi viejo. Se trata de una versión argentina, no mexicana: acá decimos mi papá o mi jefe. Si en México alguien se refiere a su viejo es la señora que habla de su marido.
* * * * *
En el semanario Etcétera, Fabricio Mejía Madrid afirma: “La población se volca en las calles”. -¿Se volca?- pregunta estupefacta mi secretaria Macuca Toluca. –Quizá también se colga declarándose en holga, como conta cuando almorza, según sole hacerlo, pues así ni se las hole ni se forza ni se torce, sin importar si se amola porque su cautín no solda, pues no lo renova.
* * * * *
El jueves 7 de abril de 1997, al llevar su espesa humanidad a las ruinas de Chichen Itza para colaborar en su deterioro, el señor Luciano Pavarotti declaró: “Es un privilegio estar en tierra maya y compartir (sic) una cultura que tuvo contacto con extraterrestres”. Algunos aplaudieron, en vez de que todo el público le aventara huevos podridos.
(*Tomadas del libro Perlas japonesas. Nikito Nipongo. Lectorum. 2001).
sábado, 19 de marzo de 2011
Rita Guerrero

Conocí a Rita Guerrero en 1995, cuando estaba yo trabajando en la elaboración del libro de entrevistas Rock bajo palabra que me había encargado Andrés Ramírez, de la editorial Planeta, volumen que finalmente nunca vio la luz. Mi amiga, la fotógrafa Yuriria Pantoja, me ayudó a conseguir a las bandas a entrevistar y fue el caso de Santa Sabina, con cuyos integrantes platiqué una noche, en un restaurante del centro de Coyoacán, donde nos citamos. No era la primera vez que veía a Rita en persona, ya que la había escuchado al frente del grupo, en un concierto celebrado en uno de los pasillos del Estadio Azteca, en 1993, en algo que se llamaba algo así como La Ola Azteca. Aquella vez en Coyoacán, charlé con ella, con Alex Otaola, con Patricio Iglesias y con Poncho Figueroa. Con todos mantendría, de una u otra manera, cierto grado de amistad que con algunos de ellos perdura, sobre todo con Otaola.
Más tarde, a lo largo de la historia de La Mosca en la Pared, la vi en tres o cuatro ocasiones más. La más singular fue en 1997, cuando hicimos la sesión de fotos de la famosa portada de la revista (la No. 19) en la cual aparecían ella y Julieta Venegas en una escena lésbico vampiresca que causó sensación y la convirtió en una carátula de culto entre los lectores moscosos. También fue memorable la entrevista que les hice a Rita y su marido, Aldo Max, para el número 107, acerca de lo que significaba ser músicos, padres y esposos. Las imágenes de esa mañana (de Diana Barreto) son maravillosas y reflejan la felicidad de la pareja y su hijo Claudio, entonces de pocos meses de edad.

Rita siempre me pareció muy simpática y agradable. Muy inteligente también. Poseía un sentido del humor bastante negro y una risa muy peculiar (recuerdo en particular una plática muy divertida con ella y con Poncho, en el lugar donde ensayaban, a un lado de las oficinas de Discos Antídoto, por allá de 2003). Por lo que pude apreciar asimismo, en el fondo era más bien tímida e introspectiva.
La última vez que pude saludarla fue en 2009, al termino de un concierto al aire libre de Los Músicos de José, en el CNA. La recuerdo muy sonriente, con el pequeño Claudio en brazos. ¿Cómo imaginar que no volvería a verla jamás, al menos en esta vida?
La muerte de Rita Guerrero, el pasado viernes 11 de marzo, no deja de ser impactante y conmovedora, aunque ya se conocíera la gravedad de su estado físico. A pesar de su lucha contra el cáncer, no le fue posible derrotarlo y debió darse por vencida.
Cuánto la vamos a extrañar.
sábado, 4 de abril de 2009
José Agustín

Conocí a José Agustín a mediados de 1971. Mi hermano Sergio y él eran (y siguen siendo) muy buenos amigos –ambos andaban en el rollo del cine- y el primero me llevó varias veces al apartamento del segundo, en la calle Gabriel Mancera (todavía no era el Eje 2 Poniente), en el corazón de la colonia Del Valle. Agustín tenía veintisiete o veintiocho años de edad y recuerdo su hogar (donde también conocí a su esposa Margarita y a sus hermanos Augusto –enorme pintor- e Hilda, La Muñeca, quien en aquellos días estaba muy guapa) como un lugar lleno de luz, discos, libros, carteles, cuadros (sobre todo del propio Augusto), buena música y muy buen sentido del humor. Desde entonces parte mi amistad con el escritor (aunque en esos momentos yo era un escuincle de dieciséis años), de quien para entonces ya había leído varios libros: La tumba, De perfil, La nueva música clásica, Se está haciendo tarde (Final en Laguna) y otros, además de que leía sus artículos de rock en El Heraldo de México (diario en el que José Agustín también solía traducir letras de canciones de los Beatles, los Rolling Stones, Frank Zappa, Jefferson Airplane, etcétera) y las revistas Pop y La Piedra Rodante, ambas en circulación por ese entonces (la foto de portada del número ocho de esta última fue tomada precisamente en el depto agustiniano de la Del Valle y aquí la incluyo). Por supuesto que su literatura me cimbró (había leído La Tumba a mis catorce marzos) y me marcó para siempre, aparte de que sus textos sobre rock sin duda incrementaron mi gusto por el género.

Mi segundo encuentro importante con Agustín –aunque por mi hermano seguí teniendo contactos esporádicos con él, como algunas visitas a su casa de Cuautla- se dio hasta fines de los ochenta, cuando en Editorial Posada me brindaron la dirección de la revista Natura y decidí darle un giro, para hacerla no sólo naturista y vegetariana, sino también ecologista, antinuclearista y contracultural. Para ello invité a José para que colaborara conmigo y aceptó de muy buen grado, con lo que se inició una colaboración editorial que llegaría a su máximo nivel en la revista La Mosca en la Pared, en la cual participó con su columna La cocina del alma desde el primer número, aparecido en febrero de 1994, hasta el último, editado en marzo de 2008.
Larga pues ha sido la amistad y la colaboración entre el Josagus y yo. Conozco bien a dos de sus hijos (Andrés y José Agustín, ambos colaboradores de La Mosca en diferentes momentos), aunque a Jesús, el mayor, sólo lo conocí cuando era un chavito. De vez en vez hablamos por teléfono y/o nos escribimos. La última vez que lo vi en persona fue hace ya algunos años, en 2002, cuando fui con María José Cortés, Isadora Hastings, Damián Ortega y mi hermano Sergio a comer, un sábado lleno de sol, a su preciosa casa cuautlense.

Ahora, diez días después de que le mandé una invitación escrita para que se integre al nuevo proyecto en que estoy trabajando y seis meses después de que hablamos por teléfono y me invitó a pasar un fin de semana en su ya referida casa (cuestión que aún no se concreta), me entero de primera mano del accidente que sufrió en la ciudad de Puebla y del cual por fortuna va saliendo bien librado.
Sólo palabras de agradecimiento puedo externar por José Agustín (quien también había escrito el prólogo para mi libro de entrevistas Rock bajo palabra que en 1996 se quedó entre los proyectos cancelados de Editorial Planeta por falta de presupuesto), siempre tan generoso, desinteresado, afable y buena onda conmigo. Es una persona a quien quiero mucho, lo mismo que a su esposa Margarita y sus tres sensacionales hijos. Espero que se reestablezca pronto y que lea estas sinceras palabras (y que nos veamos muy pronto en su querida y cálida Cuautla).
Suscribirse a:
Entradas (Atom)




