lunes, 24 de febrero de 2020

Sobre el origen de los Michel

Según investigaciones del genealogista Alfredo Peña Pérez II, los primeros pobladores de la ciudad de Guadalajara fueron 63 (en 1542), entre los que se encontraba la familia Michel, encabezada por Juan Michel y su hermano Cristóbal de Ordóñez. Ambos ancestros de mi familia materna. Los dos eran de los pocos sobrevivientes de la Guerra del Mixtón (una serie de enfrentamientos bélicos entre varias tribus indígenas —denominadas de forma genérica chichimecas— pertenecientes a la audiencia de Nueva Galicia (hoy Jalisco), al poniente de la Nueva España, que se sublevaron contra el ejército español a mediados del siglo XVI). Juan se casó con la viuda de Francisco de la Mota y no tuvo hijos de su sangre. Su hermano Cristóbal fue el que dio continuación al apellido con sus hijos y lo hizo como apellido compuesto: Michel-Ordóñez. Juan Michel recibió escudo de armas de mano del rey Carlos I de España por sus servicios a la corona.
  No tenía noticia de que mi familia tenía escudo de armas, mismo que aparece en la portada de este libro.

jueves, 20 de febrero de 2020

De cómo empezó la familia García Michel

Soy hijo de dos niños consentidos. No sé si eso sea bueno o sea malo. Lo que sí sé es que esa circunstancia determinó mi infancia y, con ella, mi vida toda. Soy hijo de un niño y una niña a quienes se les consintió casi todo. Un niño y una niña que nacieron en familias pudientes y sin premuras económicas. Un niño y una niña que crecieron protegidos por el amor y los cuidados de sus padres, según se entendían el amor y los cuidados paternos y maternos en los años veinte del siglo pasado. Que esos dos hijos consentidos se encontraran en 1940 –a sus respectivos diecinueve y dieciocho eneros–, se enamoraran y se casaran cuatro años más tarde fue una determinación del caprichoso destino que moldea nuestras existencias. Fruto de ese encuentro y de ese matrimonio fuimos mis cuatro hermanos y yo, los cinco hijos de aquellos dos niños consentidos. Así apareció, en 1944, en el pueblo de Tlalpan, al sur profundo del Distrito Federal, capital de la república mexicana, la familia García Michel.
  Mi padre se llamaba Juan Rubén García Ayala. Mi madre se llama María Rebeca Michel Ruelas. Juan nació en Mixcoac, DF, el 2 de enero de 1921. Rebeca vino al mundo en Autlán de la Grana, Jalisco, el 10 de enero de 1922. Los dos eran habitantes de Tlalpan desde finales de los años treinta. Juan vivía con sus padres, mis abuelos Emiliano y Guadalupe, en la “Quinta Guadalupe”, en la esquina de las calles Coapa y Tesoreros, hoy colonia Toriello Guerra. Rebeca lo hacía en la “Quinta María”, sobre la calle Madero, a una cuadra del Zócalo de Tlalpan, como se le decía al parque central del entonces todavía pueblo. Se casaron el 5 de octubre de 1944, en la iglesia de San Agustín de las Cuevas, en pleno centro del poblado. Así empezó todo.

lunes, 10 de febrero de 2020

Los Rodríguez, los Michel y el cine mexicano

Mi familia materna tiene una relación muy cercana con el cine mexicano, en especial con el primer cine sonoro y con la llamada época de oro del cine nacional. Mi abuela María se apellidaba Ruelas Santana y era originaria del pueblo de Autlán de la Grana, Jalisco. Su prima Maclovia era la mamá de Enrique, José (Joselito), Emma, Roberto e Ismael Rodríguez Ruelas. Exacto: los mismísimos hermanos Rodríguez. Los mismos que introdujeron el cine sonoro en México y los mismos que descubrieron nada menos que a Pedro Infante, posiblemente el mayor ídolo popular que ha dado nuestro país en todos los ámbitos.
   Contaba mi madre (hoy su memoria lo ha olvidado) que cuando llegó a la Ciudad de México, a finales de los años 30 del siglo pasado, ella y su hermana Raquel solían acompañar a su primo Ismael Rodríguez a la estación radiofónica XEW, para asistir a los programas “en vivo” que ahí se producían. En realidad, la intención de Ismael no era la de ir como simple espectador, sino la de descubrir talentos para las películas que él y sus hermanos empezaban a producir. Fue en uno de esos programas, en un concurso de cantantes, donde mi tío descubrió a Pedro Infante y le ofreció convertirlo en actor. La historia que siguió todos los mexicanos (bueno, no sé si también los millennials y la generación Z) nos la sabemos. Fue de esa manera que mi mamá conoció en persona a Pedro, cuando éste apenas hacía sus pininos. Ya después Infante filmaría con mis tíos películas como Nosotros los pobres, Los tres García, Los tres huastecos, Escuela de vagabundos, La oveja negra, A toda máquina (en la que actúa mi tía Emma Rodríguez en el papel de doña Angustias, la vecina de los dos motociclistas interpretados por Pedro Infante y Luis Aguilar) y tantas más, dirigidas casi todas por Ismael y algunas por Joselito. Hablando de mi tío Joselito, dos de sus hijos fueron actores: Pepito y Titina Romay, quienes protagonizaron películas tan olvidables como Pepito, as del volante o El misterio del Huracán Ramírez. Ni hablar.
   Además de convivir con sus primos Rodríguez, por el lado de los Ruelas, mi mamá, Rebeca Michel Ruelas, también se llevaba muy bien con otra prima del medio artístico, aunque esta era por parte de los Michel: la eximia actriz Isabella Corona. Me cuenta mi hermana Myrna que nuestra madre solía hablar muy impresionada de la cama giratoria que Isabella tenía en su recámara y que le permitía, por ejemplo, alcanzar el teléfono sin tener que moverse de su lugar, haciendo girar mecánicamente su enorme lecho.
   Otros parientes nuestros del medio cinematográfico eran los Philips, ya que el camarógrafo canadiense Alex Philips se casó con una prima de mi abuela de nombre Alicia Bolaños. Don Alex fue director de fotografía de todo tipo de cintas, desde las legendarias Santa (primera película sonora mexicana –sí, con el sistema de sonido que trajeron mis tíos Rodríguez de los Estados Unidos)– y La mujer del puerto hasta Robinson Crusoe de Luis Buñuel, Viento negro de Servando González y El castillo de la pureza de Arturo Ripstein, entre muchísimas más. Su hijo, Alex Philips Jr., fallecido en 2007, fue sobrino de mi abuela María y primo segundo de mi mamá. Mi tío Alex estuvo casado con la actriz Ofelia Medina, con la que procreó un hijo y quien, coincidentemente, tuvo su debut estelar en el cine en 1969, en la película Patsy, mi amor, dirigida por el cineasta Manuel Michel…, también primo de mi mamá, seis años menor que ella. Poco después, Ofelia se haría muy amiga de mi hermano, el cineasta Sergio García, con quien también haría un par de películas en Super 8.
   Por cierto, mencioné que mi abuelita María se apellidaba Ruelas Santana y que nació en Autlán, Jalisco, el mismo lugar donde en los años 40 nació el músico Carlos Santana, quien era su sobrino nieto y vendría a ser algo así como mi primo segundo. Pues eso.

domingo, 9 de febrero de 2020

Aquel debut de Octubre en la Casa del Lago

Era 1972, no recuerdo la fecha exacta. La primera presentación de Fede Cantú y yo en La Casa del Lago de Chapultepec. Teníamos 17 años y cantamos una decena de canciones mías. Habría otras tres presentaciones los siguientes domingos, pero en lugar de "Canción Joven" se llamaría "Canción Debate", porque al final debatíamos con el público sobre el contenido crítico de algunas de las piezas. 48 años ha.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Memorias de mis yoyos tristes

Nunca fui un buen jugador de yoyo. Jamás pude realizar suertes como “El columpio”. “El perrito” medio me salía y al tratar de hacer “La vuelta al mundo”, varias veces me llevé tremendos yoyazos en la cabeza (o la choya, como le decíamos cariñosamente a la tête en esos mis tiempos de niño y adolescente).
  Aparte estaba lo de la situación económica de mi familia. Pertenecíamos a una clase media bastante venida a menos y muchos de los juguetes que sus papás regalaban a mis amigos y primos de mayor capacidad económica, para mí se quedaban en el mundo de los sueños incumplidos y los anhelos frustrados. Esto quiere decir que los yoyos que llegué a poseer eran aquellos baratones y chafitas que vendían en la mercería de la esquina. No recuerdo haber tenido aquellos maravillosos yoyos de las marcas Ledy o Duncan (también la Coca Cola sacaba unos) que se anunciaban en la tele en blanco y negro y que eran carísimos. Recuerdo el yoyo Mariposa o el Majestic, aquel modelo transparente en colores rojo o azul. Si llegué a tenerlos en mis manos y sentir su delicioso deslizar por la cuerda, fue porque algún amigo o primo me lo prestaba “un ratito”.
  Cada año era temporada de yoyo y hasta se hacían concursos a nivel nacional. Había tremendos yoyistas (¿o yoyeros?) y uno se quedaba boquiabierto al verlos en la tele e ilusionarse con que algún día sería capaz de realizar tan fantásticas suertes y hasta ganar un viaje a Disneylandia o algún súper juguete de la juguetería Ara.
  Sueños guajiros.
  No voy a decir que mi afición por los yoyos fue muy grande o que me duró mucho tiempo. Digo, tampoco fui bueno con el balero o con las canicas (me criticaban porque tiraba “de uñita” y de todos modos lo hacía mal). Tal vez por eso fui más dado a inventar mis propios juegos, bajo mis propias reglas y que jugaba solo y mi alma. Eso sí que era un yo-yo.

jueves, 1 de octubre de 2015

Giovanna (una pequeña historia italiana)

Giovanna Moya Rossi de niña, en una bellísima
fotografía de su padre, Rodrigo Moya.
Sucedió en 1973. Yo tenía dieciocho años y ella catorce. La conocí por mi hermano Sergio, ya que la invitó a participar en su película Qué tiempos aquellos de la que yo había escrito el guión. Se llamaba Giovanna y en aquel momento yo sólo sabía que era prima de Alejandra Moya (una joven muy guapa que también participaba en la cinta) y sobrina de la coreógrafa Colombia Moya (madre de Alejandra). Me enamoré perdidamente de Giovanna. Me fascinaba. Era delgada, blanca, de cabello oscuro, me parecía una preciosidad. Yo era muy tímido y apenas me atrevía a cruzar palabras con ella. Nunca me atreví a decirle cuánto me gustaba. En realidad aquello duró unos pocos meses, ya que al terminar la filmación no volví a verla y jamás se me ocurrió buscarla. El momento de mayor intimidad que recuerdo con ella fue una ocasión en que nos quedamos a solas por unos minutos en la combi de Sergio: ella en la parte delantera, yo atrás, una parte a la que no entraba mucha luz. Giovanna me miró y me dijo "pareces un fantasma". No sé por qué, pero aquello me encantó y a más de cuarenta años de distancia no lo olvido. Incluso usé esa frase en una canción que escribí, en una línea que dice "recuerdo oírte decir 'fantasma'". De hecho, le compuse una canción llamada "Dejaste abierta la puerta". Dos o tres años después, me enteré que se había matado en la carretera. Creo que iba con un novio y se volcaron en un coche. Cosas caprichosas de la vida: en los años ochenta entré a trabajar como redactor y reportero en la revista Técnica Pesquera que dirigía el gran fotógrafo y editor Rodrigo Moya. Resultó que era el papá de Giovanna y que seguido recordaba a su hija accidentada. Jamás me atreví a decirle al buen Rodrigo (curiosamente siempre nos hablamos de "usted") que yo había estado enamorado fugazmente de su hija. La madre de Giovanna era una catedrática italiana de la Facultad de Filosofía y Letras: Annunziatta Rossi (si no me equivoco, hermana del filósofo Alejandro Rossi). Tenía padres y tíos ilustres la Giovannita. Hoy tendría cincuenta y seis años. Era tan bonita, aún la recuerdo con ternura.

Giovanna, de túnica rosa (extremo derecho), en 1973, durante la filmación, en Las Estacas,
Morelos, de ¡Qué tiempos aquellos! La acompañan, de izquierda a derecha, Daria,
Alejandra Moya (de túnica amarilla), Sergio García y Tina French.

jueves, 23 de julio de 2015

El "especial" que dio origen a La Mosca

En 1992, trabajaba como guionista de historietas en Editorial Ejea y colaboré en un breve número especial de U2, realizado con el pretexto de la primera visita a México del cuarteto irlandés. Acababa yo de publicar en El Financiero la traducción de las letras del Achtung Baby y le propuse a Jaime Flores republicarlas en su especial. También le solicité escribir el texto principal del número, pero no confió mucho en mí y prefirió dárselo a Pablo Queipo, en aquel entonces director de la chafísima revista Rock América y mejor conocido –irónicamente, por supuesto- como “El Jann Wenner mexicano” (Pepe Návar lo bautizó así). Ni modo.
  Poco después, se me ocurrió retomar mi vieja idea de hacer una revista de rock y en diciembre de 1992 se lo comenté a Jaime Flores. “Preséntamela por escrito”, me dijo. En dos hojas tamaño carta, escribí entonces -en mi vieja maquina Olivetti Lettera- el proyecto y se lo mostré a una linda chavita de veinte años que trabajaba en la misma editorial, como redactora de la revista musical de pop Atrevida. Su nombre, Karem Martínez. A Karem le encantó la idea, me sugirió algunos cambios, me ayudó a hacerle algunas adecuaciones y ella misma le llevó aquellas dos hojitas a Jaime. Todavía no sé qué tanto le debo a la labor de convencimiento de quien hoy sigue siendo mi gran amiga para que Jaime Flores haya terminado por aceptar y dar luz verde a aquella incipiente revista de rock que ni siquiera tenía nombre.
  Lo que sí creo es que, sin la existencia del aquel especial de U2, La Mosca en la Pared quizá nunca hubiera existido.

jueves, 16 de julio de 2015

De paseo al aeropuerto

Estoy leyendo El cerebro de mi hermano, la dura pero a la vez amena novela corta de Rafael Pérez Gay, en la que cuenta los últimos días de su hermano José María y su relación con el mismo. Ya cuando la termine haré aquí la reseña. Si la menciono ahora es porque en un pasaje de la misma, Rafael refiere que cuando era niño, sus papás lo llevaban de paseo al aeropuerto de la ciudad, para ver la llegada y salida de los aviones.
  Yo también disfruté de esa diversión cuando tenía ocho o nueve años y, en efecto, mis papás también nos llevaban en el carro, a mí y a mis hermanos Myrna y Jorge, desde Tlalpan hasta las rejas del aeropuerto que daban a una avenida desde la que se podían ver sin problemas las pistas de la central aérea. Ahí nos pasábamos las horas, felices de la vida. Sergio ya estaba grande para eso, pero igual llegó a ir con nosotros. Ivette no había nacido todavía. Hablo de mediados de los años sesenta y gracias a la novela de Pérez Gay recordé aquellos felices y emocionantes momentos que quizás hoy parezcan demasiado simples, pero que en aquellos días constituían un entretenimiento fabuloso y además gratuito. Ver los despegues de las aeronaves o el momento en que descendían y aterrizaban era en verdad muy padre. "¡Mira, allá viene uno!", gritábamos desde que veíamos un punto en el cielo, el cual se iba haciendo cada vez más grande hasta tomar forma de avión y llegar a las pistas. Era genial.
  Tengo la idea de que ya por ese entonces estaba el avión-restaurante, de lo que no me acuerdo es de si alguna vez llegamos a entrar.
  Lindos recuerdos de infancia.

lunes, 1 de septiembre de 2014

La vida en rosa de Manuel Ávila Camacho

Un día, hará unos diez años, Fernando Rivera Calderón me llamó por teléfono para decirme que un amigo suyo lo había invitado a una comida y le había pedido que me llevara a la misma, porque era fiel lector de La Mosca en la Pared y quería conocerme. El amigo de marras era Manuel Ávila Camacho, a quien yo sólo conocía de nombre y como un personaje ligado de una y muchas maneras a los mundos de la política mexicana, la cultura, la farándula y el jet set nacional e internacional. La cita era en La Bodega, en la colonia Condesa, y ahí llegué junto con Fernando. Me presentó a Manuel y éste nos hizo sentar ante una larga mesa, llena de comensales. No había una sola representante del sexo femenino y tuve la impresión de que Rivera Calderón y yo éramos los dos únicos heterosexuales. La comida se prolongó hasta la noche y resultó muy agradable, sobre todo porque Ávila Camacho –un hombre bajito, de aspecto frágil y delicado- se portó como un magnífico anfitrión y un muy divertido y ameno conversador, un fábricante de anécdotas en las cuales aparecían nombres que iban de Jim Morrison a María Félix y de Severo Sarduy a Lorena Velázquez.
  Uno o dos años después, hubo una nueva invitación –otra vez por intermediación de Fernando- a una nueva comilona, esta vez en una cantina de la avenida Coyoacán, en la colonia Del Valle. Era el cumpleaños de Manuel y había más gente que la vez anterior, pero otra vez no había mujeres (bueno, estaba la actriz-actor Libertad) y me pareció notar -de nueva cuenta- que los únicos heterosexuales éramos el buen Fer y yo, además del indescriptible Pancho Cachondo. Todo estuvo muy divertido. Cominos y bebimos sin medida y al final quedé con Manuel de que alguna vez tendría que entrevistarlo para La Mosca sobre todo aquello en lo que él había tenido que ver con el rock, en especial cuando escandalizó a la mocha e hipócrita sociedad mexicana de fines de los sesenta, al traer a Acapulco la rock ópera Hair, y cuando llevó al mismísimo Jim Morrison a la casa presidencial de Los Pinos, en los tiempos en que el primer mandatario de la nación era nada menos que el ominoso Gustavo Díaz Ordaz. Según Manuel, junto con el hijo rocanrolero del ex presidente armaron un fiestón en el cual circuló toda clase de estupefacientes y en el que el Rey Lagarto era el invitado de honor, hasta que el propio Díaz Ordaz bajó en bata para acabar con el reventón.
  Varias veces hablé con Ávila Camacho por teléfono, pero nunca lo volví a ver. De hecho, quedó en enviarme a una persona para que recogiera un paquete de ejemplares atrasados de La Mosca que le ofrecí, pero jamás lo mandó. Lo de la entrevista estaba en el aire y lo seguía estando sin que alguno de los dos se apresurara por llevarla a cabo. Como que nunca me imaginé que pudiera irse como se fue, tan repentinamente, un día de octubre de 2007. De hecho, me enteré de su muerte hasta poco después, al ver una nota en la sección de espectáculos de Milenio Diario. Me dejó helado. Yo no era tan amigo suyo como para que me hubieran avisado de su funeral, pero sé que Fernando sí acudió al mismo y se asomó a la caja para cerciorarse de que el difunto era Manuel y no un muñeco. Bien pudiera tratarse de una broma macabra del sarcástico personaje para burlarse de sus amigos y enemigos.
  Una de las mayores ironías de todo esto es que desde hace casi quince años yo vivo en una calle que lleva el nombre del padre de Manuel, es decir, Maximino Ávila Camacho, un personaje a quien la historia oficial le ha cargado el sambenito de siniestro y asesino, aunque Manuel siempre lo defendió a capa y espada. Incluso, aseguraba que su padre había sido un hombre bueno y generoso y que dado el poder que tenía, muy posiblemente hubiera sido el sucesor en Los Pinos de su hermano, el presidente Manuel Ávila Camacho, pero que éste lo habría mandado envenenar para favorecer a Miguel Alemán Valdés. Eso contaba el también cineasta, quien conocía al dedillo las historias de todas las primeras damas mexicanas del siglo veinte, algunas de las cuales le parecían admirables, mientras que otras le resultaban abominables.
  Políticamente incorrectísimo, Manuel era admirador del régimen priista y defendía con sólidos argumentos no sólo a su padre –personaje villanesco, por cierto, en la novela Arráncame la vida de Ángeles Mastreta-, sino también a Díaz Ordaz, a Luis Echeverría y a sus queridísimas Sasha Montenegro e Irma Serrano, "La Tigresa".
  Nunca negó su bisexualidad e incluso hablaba de las bondades de la misma y de sus amoríos europeos con gente de la nobleza como Humberto I, ex rey de Italia, y con el mismísimo director de cine Pier Paolo Pasolini.
  Trato de recordar la última vez que hablé con él por teléfono. Fue a principios de 2007 y me recomendó a un amigo o protegido suyo, cuyo nombre no recuerdo, quien había grabado un disco. “A ver si le puedes echar una mano en La Mosca", me dijo. Le contesté que sí, pero el disco nunca llegó a mis manos.
  Ahora Manuel está al lado de Maximino y de muchos de sus queridos y entrañables muertos. No debió irse tan pronto, pero queda el consuelo de que no fue testigo de la “catástrofe” que él mismo vaticinó para el país, después de lo que consideraba como “la traición” de Ernesto Zedillo que trajo la derrota del PRI y el fin de sus gobiernos (hasta ese momento).
  No puedo imaginar que Manuel Ávila Camacho descanse en paz. Era demasiado hiperactivo.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Rius

Pocas personas resultaron tan importantes en mi formación personal, sobre todo a partir de mi adolescencia y hasta mis primeros treinta años, como Eduardo del Río, el estupendo caricaturista mejor conocido como Rius.
  Me topé con su obra y con sus ideas a fines de los años sesenta, cuando yo tenía trece años y mi hermano Sergio comenzó a comprar una revista mexicana de historietas absolutamente diferente a las que yo había leído antes. No sólo era diferente por el dibujo de sus personajes (Calzonzin, Chon Prieto, doña Emerenciana, don Plutarco, el Lechuzo, Arsenio, don Lucas, etcétera, cada uno un prototipo social: el gobernante, el gendarme, el burócrata, la beata, el borrachín, el indígena ilustrado y consciente), sino por el contenido. Se trataba de un comic que hablaba de política, que ejercía una fuerte crítica social y que además era divertidísimo. Hablo, claro, de Los Supermachos, revista semanal de la que se publicó un centenar de números en pleno gobierno del priista de ultraderecha Gustavo Díaz Ordaz (estoy hablando aproximadamente de los años 1967 y 1968).
  Al lado de publicaciones como la revista Siempre! o la casi clandestina Por qué!, Los Supermachos era de lo muy poco que se podía comprar en los puestos de periódicos con señalamientos al régimen (en secundaria, encuaderné dos tomos de ejemplares de la revista, mismos que aún conservo).
  Más tarde vinieron Los Agachados, del mismo Rius, editados por Posada, empresa dirigida por el entrañable don Guillermo Mendizábal Lizalde y en la que el caricaturista comenzó a sacar sus primeros libros, como los inolvidables Cuba para principiantes y, más adelante, La panza es primero. Debido a aquél, terminé por transformarme en un convencido socialista pro soviético y antiimperialista (además de antipriista y antirreligioso) y gracias al segundo, me convertí en vegetariano en 1969. También me entró la idea de ser caricaturista y me puse a imitar los monos del michoacano y a escribir algunas cosas inspiradas en él, como una pretensiosa e ingenua historia de la humanidad.
  Rius puso en circulación muchos otros libros sobre los más diversos temas, al tiempo que en Los Agachados (virtual continuación de Los Supermachos y de los que también tengo muchos números) abordó de manera concisa y, hoy puedo verlo, un tanto esquemática, muchos otros asuntos políticos, sociales y culturales. Asimismo, por esa época apareció La garrapata, en la que Rius y otros colegas suyos, como Helio Flores y Rogelio Naranjo, siguieron ejerciendo una crítica cada vez más radical y al mismo tiempo humorística, aprovechando la relativa apertura que a principios de los setenta otorgó (porque así fue: él la otorgó) el gobierno del nuevo presidente: Luis Echevarría Álvarez. Fui fan de La garrapata y también conservo ejemplares.
  A lo largo de esa década, seguí siendo fiel seguidor de todo lo que publicaba Eduardo del Río y quiso la vida que a fines del decenio entrara yo a trabajar precisamente a Editorial Posada, donde en no pocas ocasiones me tocó ver a Rius, aunque jamás me atreví a hablarle. En 1982 salí de Posada y no regresé hasta 1987, para dirigir la revista Natura (fundada por el propio Rius años atrás). Al año siguiente, la editorial editó mi primer libro, Más allá de Laguna Verde, una investigación periodística sobre la planta nuclear veracruzana y tuve el privilegio de que la portada la ilustrara mi héroe Rius (aunque no sé por qué no le puso su famosa firma). Aún así, sólo en una ocasión tuve la oportunidad de saludarlo y darle las gracias. Me pareció un tipo seco y no del todo amable.
  Con el paso de los años (volví a dejar Posada en 1989), mis ideas empezaron a bifurcarse respecto a las del dibujante y escritor. Yo comencé a volverme cada vez más crítico del llamado socialismo real (ya habían desaparecido la URSS y el bloque socialista europeo), incluido el gobierno de Fidel Castro en Cuba, aunque siempre seguí considerándome -como hasta la fecha- un hombre de izquierda. Rius, en cambio, se mantuvo dentro de la ortodoxia y más o menos ahí permanece.
  Hace mucho que no lo sigo y que no leo sus libros, pero guardo un cariño muy especial por aquellas de sus obras que más me tocaron la mente y que en su momento me la abrieron hacia nuevos horizontes.
  Ah, también dejé de ser vegetariano.

sábado, 10 de mayo de 2014

10 de mayo

Es curioso -o eso supongo-, pero mi mamá jamás nos inculcó el culto a la madre y los 10 de mayo nunca fueron en casa algo tan importante como, por ejemplo, la Nochebuena, la Navidad y el Año Nuevo. Al famoso Día de la Madre, yo lo asocio más bien con los festivales escolares de esa fecha, cuando desde días antes en la primaria nos ponían a hacer objetos manuales, casi siempre espantosos e inútiles, que las mamás recibían con fingida sorpresa y sobreactuado agradecimiento. A veces nos ponían a cantar, a recitar, a hacer bailes folclóricos, a realizar tablas gimnásticas o incluso a actuar, como la ocasión en que -estaba yo en tercero de primaria, en 1963, en el colegio de monjas donde estudié del 61 al 64 (el "Hernán Cortés", en Tlalpan)- actué por primera y única vez en mi vida, en el patio escolar, frente a un centenar de personas. Mi papel consistía en ser un alumno que se portaba mal y que era acusado por otro de alguna travesura, por lo que la maestra (actuada por una compañera) me tomaba de las patillas y me arrastraba hasta el pizarrón para regañarme enfrente de todos. Muy enojado, yo regresaba a mi pupitre y al pasar a un lado del delator, le gritaba un insulto tremebundo, cuyo significado aún no he logrado desentrañar, después de poco más de medio siglo: ¡"cuchara de viernes!".
  Otro recuerdo de los 10 de mayo es el de las serenatas, ya en la adolescencia. Como en mi grupo de amigos, que se ampliaba extrañamente ese día, éramos tres o cuatro los que sabíamos tocar la guitarra y cantar, nos teníamos que fletar durante toda la noche para visitar una veintena de casas y homenajear (es un decir) a la santa madrecita de cada uno de nosotros. "Página blanca", "Reloj" y "Las mañanitas" solían ser las canciones que repetíamos una y otra vez. Conforme iban transcurriendo las horas, el grupo iba disminuyendo y ya para las cuatro o cinco de la madrugada, quedábamos siete u ocho. La verdad no me gustaba cuando tocaba llegar a mi casa (en la calle Magisterio Nacional, a dos cuadras del centro de Tlalpan). Como mi mamá no era afecta a las serenatas, lo hacía yo más por quedar bien con los cuates que por darle un gusto a mi madre, quien salía a las tres de la mañana con cara de "ojalá que esto termine pronto". Me parecía tan cursi que si nos hubiésemos saltado la visita a mi progenitora, lo habría agradecido... y esto fue a lo largo de cuatro años, de 1970 a 1973. Siempre terminábamos -ya sólo cinco o seis amigos- con las primeras luces del amanecer, tomando café en el Vips de Universidad y Miguel Ángel de Quevedo.
  La verdad es que en mi familia era mayor el culto a la abuela que a la madre, en especial a mi abuela paterna, doña Guadalupe Ayala viuda de García. El 12 de diciembre de cada año se hacía un fiestón en la Quinta Guadalupe, una casona situada en la esquina de Coapa y Tesoreros -donde felizmente permanece-, en la tlalpeña colonia Toriello, a la que acudían muchísimos parientes y amigos para degustar el maravilloso pozole sinaloense que preparaba mi propia abuela (un día antes, ella misma nos ponía una chinga, a varios de sus nietos, al obligarnos a pelar y descabezar el maíz cacahuazintle, grano por grano) y los legendarios y deliciosos frijoles puercos que jamás he vuelto a comer.
  Esas son mis memorias del 10 de mayo, una fecha que nunca fue tan trascendente para mí y para mis hermanos, gracias a que -como dije al principio- nuestra propia mamá (quien por fortuna aún vive y lleva sus noventa y dos años con estupenda salud) jamás nos lo inculcó. Quizá por eso nunca se nos desarrollaron la adoración nacional, tan exagerada, cursi y enfermiza, por la figura materna y el complejo de Edipo, tan común en el mexicano promedio. Gracias, mamá.

miércoles, 16 de abril de 2014

El tranvía

Mis primeros cuatro años de vida (es decir, de 1955 a 1959) viví en lo que en mi familia siempre llamamos "la casita de la vía", porque estaba justo a un lado de la vía del tren (en realidad tranvía) que iba de Tlalpan a La Villa de Guadalupe, pasando por el Zócalo (a éste se hacía una hora; a La Villa, hasta dos). La casa se encontraba en la calle de Coapa, casi esquina con Ferrocarril, en la colonia Toriello Guerra de Tlalpan, justo en el predio donde hoy está la escuela activa Bartolomé Cossío.
  Durante 1960, vivimos en el departamento de mi abuela materna, en la colonia del Valle (calle Roberto Gayol), hasta que ya en 1961 nos mudamos a la casa de Magisterio Nacional No. 84 donde viviríamos catorce largos años.
  Sin embargo, el tren sería fundamental para mí hasta mediados de la década de los sesenta, cuando ingresé a la "Ciudad de los niños, Espíritu de México", un colegio salesiano para varones que era la escuela particular más exclusiva de Tlalpan y donde estudié quinto y sexto años de primaria, en 1965 y 1966 respectivamente. El "Espíritu" estaba y sigue estando sobre avenida Ferrocarril, a un lado de lo que hoy es Médica Sur (en aquel tiempo, una serie de terrenos baldíos en algunos de los cuales se podía jugar futbol).
  De mi casa al colegio había una considerable distancia (unos tres kilómetros), por lo que solía caminar hasta la estación del tranvía (un lugar maravilloso, situado en Madero y San Fernando, a dos cuadras del centro de Tlalpan) y ahí abordarlo, ya que había una parada justo enfrente de mi escuela, cinco minutos antes de llegar a Huipulco. El boleto costaba treinta y cinco centavos, aunque existía la opción de comprar un abono semanal cuyo precio francamente no recuerdo, pero que debió ser de dos o tres pesos.
  Aún llevo en mi mente y hasta en mi cuerpo el acompasado sonar del tranvía al avanzar sobre los rieles. Era muy divertido tomarlo, pero era muy divertido también caminar a lo largo de la vía, sobre los durmientes, cosa que hacía a menudo, sobre todo a la salida del colegio.
  Fue en los años setenta que suprimieron el tren de Tlalpan a la Villa. Ya antes habían cerrado la estación que más tarde se convertiría en biblioteca e improvisaron otra, muy sin chiste, al otro lado de San Fernando, misma que duraría algunos años. Los durmientes desaparecieron y la vía corría directamente sobre el asfalto, lo cual ya no era tan bonito. Hasta el sonido de los vagones al transitar cambió.
  No sé cuál sería la última vez que lo utilicé, pero el hecho es que recuerdo con gran nostalgia y cariño al tren de Tlalpan, el tranvía que me transportó con graciosa lentitud y deliciosa pachorra durante una buena parte de mi niñez.

martes, 30 de octubre de 2012

Mamá Mimi

Mi abuelita, doña María Ruelas de Michel.
Me enseñó mis primeros números y mis primeras letras. Cuando yo tenía escasos cuatro o cinco años de edad. Se sentaba conmigo y llena de paciencia y cariño inventaba juegos con esos números y con esas letras anotados en papeles o cartoncitos. Así aprendí a contar y así tuve mis primeros rudimentos de lectura. Por eso, poco antes de cumplir seis años, cuando terminé el kínder y mi mamá me quiso inscribir en preprimaria, las monjas del colegio Hernán Cortés, en pleno centro de Tlalpan, le dijeron que como ya sabía leer y contar, me pasarían directo a primero de primaria. Por eso siempre fui un año adelantado en la escuela. Gracias a ella, a mi abuelita materna, María, la madre de mi madre.
  María Ruelas era su nombre. Había nacido en Autlán de la Grana, Jalisco, por allá de 1880, y se casó ahí mismo, en 1899, con mi abuelo, Fidencio Michel, dueño de un rancho, una casona, muchas cabezas de ganado bovino y porcino y cientos y cientos de hectáreas de terreno (cuenta la leyenda familiar que sus tierras llegaban hasta Barra de Navidad, en plena costa jalisciense, y que jamás llegó a conocerlas todas). Ahí mismo, en Autlán, tuvieron a sus trece hijos, siete hombres y seis mujeres, de los que Rebeca, mi mamá, fue la última. Nació el 10 de enero de 1922.
  De muy pequeño, yo le decía Mamá Mimi (y a mi abuela paterna, doña Guadalupe Ayala de García, de quien ya escribiré más adelante, le decía Mamá Pipi).

Mama Mimi y yo, a fines de 1955.
  Además de enseñarme a leer y a contar, mi abuelita María me regaló mi primer libro: Corazón, diario de un niño, del escritor italiano Edmundo D’Amicis. Me lo obsequió con la siguiente dedicatoria, fechada el 18 de marzo de 1962, poco antes de que yo cumpliera siete años:

“Para mi nieto Hugo, que aprendió conmigo las letras y los números. Con todo mi cariño. María Ruelas de Michel”. 

  Leí ese novela, una y otra vez, durante varios años. Ya escribiré también un texto completo acerca de la misma, un relato un tanto cursi, visto desde la perspectiva actual, pero muy bellamente redactado y con momentos en verdad conmovedores, Es sin duda uno de los libros que me marcaron para siempre. Debo decir que aún lo conservo, con todo cariño y con los mejores y más dulces recuerdos de mi abuela María, Mamá Mimi, quien falleció cuando yo tenía ocho años, en 1963, a sus ochenta y tantas primaveras.

domingo, 21 de octubre de 2012

El teatro y yo

Con Eduardo Limón, en una obra de Fernando Rivera Calderón
Mi relación con el teatro no ha sido muy cercana a lo largo de mi vida. No porque no me guste, sino porque nunca he logrado cerrar el círculo con dicho arte.
  Como espectador, por ejemplo, a lo largo de mi vida he presenciado pocas obras teatrales. Al menos relativamente. Creo que si digo que por cada obra he visto quinientas películas, no exagero. Ese es más o menos el equivalente. En la primaria me llevaron a Bellas Artes a ver Sueño de una noche de verano de William Shakespeare. Esa fue la primera obra que vi. También de niño, recuerdo haber visto una representación al aire libre de La verdad sospechosa de Juan Ruiz de Alarcón y otra de Fuenteovejuna de Lope de Vega, en el atrio de la iglesia de San Agustín, en el centro de Tlalpan. Ya en mi adolescencia, me dejó muy marcado una obra de teatro universitario que se llamaba Los insectos, de Karel Capek, dirigida por el legendario Julio Castillo y en la que actuaban entre otros unos muy jóvenes Ofelia Medina, Manuel Ibáñez, Salvador Garcini y Blanca Guerra (guapísima), además de la inolvidable y chispeante actuación de la no menos guapa Dora Guerra.
  Claro, he visto más obras, pero no son muchas. Recuerdo títulos como Debiera haber obispas de Rafael Solana (con la gran Ofelia Guilmain), El extensionista de Felipe Santander (en el teatro Jorge Negrete, con mi querido y ya desaparecido tío Alfredo en un papel peor que secundario), El juego que todos jugamos y Abolición de la propiedad de José Agustín, El avaro de Moliére (versión estudiantil en la que actuaba Gerardo Hellion, el hijo de Rosa, mi ex esposa), Tina Modotti de Victor Hugo Rascón Banda (en la Sala Juan Ruiz de Alarcón de Cultisur, dirigida por Ignacio Retes y con Tina Romero en el papel de la Modotti), las comedias Sálvese quién pueda (con Jorge Ortiz de Pinedo y Gonzalo Correa) y Una pareja con ángel (¡con Mónica Garza y René Franco!), Las obras completas de William Shakespeare (Abreviadas) (con Diego Luna, Jesús Ochoa y Rodrigo Murray), La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca (con Denisse como una de las hijas), dos o tres puestas en escena de teatro cabaret escritas por Fernando Rivera Calderón (en El Vicio, de Coyoacán, en una de las cuales entré como “actor” emergente, para una pequeñísima intervención leída, una noche en que les faltó el titular; ver foto), algunas piezas teatrales en Casa Azul (como las divertidísimas Homo Melodramaticus  o La boda, con las actuaciones de mis coristas de Los Pechos Privilegiados, Leyla Rangel, Giuliana Vega y/o Paula Watson) y la inovidable puesta en escena de Susana y los jóvenes de Jorge Ibargüengoitia (con la gran actuación de mi sobrina Leyla en el papel de Susana). Habrá una decena más que ya no recuerdo (bueno, hace como un año fui con Denisse a Cultisur para ver Zoot Suit de Luis Valdez, Rock 'n' Roll de Tom Stoppard y La cocina de Arnold Wesker, esta última con alumnos del CUT. También vimos juntos Resonancias, una obra malísima de Héctor Mendoza, en el Teatro Santa Catarina de Coyoacán).
  También he leído obras impresas de autores como los ya mencionados Molière, Ruiz de Alarcón e Ibargüengoitia, además de algunas de Oscar Wilde, Salvador Novo, José Agustín y Woody Allen.
  Como estudiante, sólo actué una vez. Esto sucedió cuando iba en tercero de primaria, en el colegio Hernán Cortés, de Tlalpan, durante el festival del Día de la madre (para ser preciso, el 10 de mayo de 1963). Se trataba de una escena que transcurría en un salón de clases y lo único que recuerdo es que debido a una travesura, una niña me acusaba con la maestra y ésta me arrastraba, desde mi pupitre hasta el pizarrón, tomado de las patillas, a lo que yo me limitaba a gritar “¡Ayyyyy, ayyyyy…!”. Al regresar a mi lugar, pasaba junto a la niña acusona y le gritaba un insulto cuyo significado jamás he llegado a comprender (“¡Cuchara de viernes!”), pero que provocó mucha hilaridad a la concurrencia que se agolpaba en el patio principal del colegio de monjas en el cual cursé de primero a cuarto años.
  Ya en tercero de secundaria (en 1969), junto con mi compañero de 3º C Jesús González Aguilar (me pregunto qué se habrá hecho), intenté escribir una obra de teatro de la que sólo se hizo el primer acto. Se llamaba Voy a cambiar el mundo y era una ingenua crítica al “sistema”, desde una perspectiva cándidamente jipiteca. Yo iba a ser el director y Chucho uno de los actores (en el papel de “El ciego”). La verdad es que la obra la escribí con la idea de que el papel principal (una chava hermosa de nombre Sonia) lo interpretara la chavita que me gustaba en ese momento y que me traía loco: la bellísima Leyla Islas Sahid, de 3ºA (ver la entrada "Leyla" en este mismo blog).
  La obra jamás quedó terminada, por consiguiente nunca se escenificó y no volví a saber de la hermosa Leyla.
  Esa es mi relación de vida con el teatro.

martes, 13 de marzo de 2012

El cine Tlalpan

Para quienes nacimos hace algunas décadas en el antiguo pueblo de San Agustín de las Cuevas, el cine Tlalpan forma parte de nuestra educación sentimental y nuestra malformación cinematográfica. Al contrario de los salones de cine neoyorquinos de su infancia y adolescencia (el Midwood, el Kent, el Vogue, el Avalon) que Woody Allen recuerda como templos relucientes e impecables, el Tlalpan jamás rebasó su calidad de cine piojito y absolutamente popular. Su mayor auge lo tuvo en la década de los sesenta, cuando su arquitectura era muy diferente a la actual. Aposentados en sus incomodísimas sillas de triplay, parvadas de mocosos asistíamos a las funciones triples (entre semana) y dobles (sábados y domingos), en las cuales por un peso con cincuenta centavos (entre semana) o dos cincuenta (sábados y domingos) podíamos ver tres películas mexicanas en blanco y negro (del Santo, de Tin Tan, de Viruta y Capulina, del Piporro et al, entre semana) o dos filmes mexicanos o extranjeros en color (sábados y domingos).
  El ambiente en el cine Tlalpan (ubicado en la esquina que hacen la avenida San Fernando y la otrora bellísima calle Juárez) era bastante peculiar y había espectadores de sospechoso aspecto que asistían prácticamente a diario. En particular, yo solía ir con mi bola de cuates de once o doce años y siempre nos sentábamos en la fila “de hasta adelante”. Fue ahí donde vi mi primera película “fuerte”: Mujeres, mujeres, mujeres, pésima cinta mexicana sesentera cuya escena más excitante presentaba a Ana Bertha Lepe peinada con chongo, en calzones rojos (¿o eran negros?), mientras se tapaba los pechos con las manos. Para nosotros, sin embargo, fue como ver porno hardcore. Hoy pasan ese churrito como si nada en el canal 9.

Esto es hoy lo que fue el viejo Cine Tlalpan.
  No obstante, hubo dos momentos cumbres, históricos, en el cine Tlalpan. El primero, cuando se presentó San Martín de Porres (con René Muñoz). Las colas para entrar se extendían a varias cuadras por avenida San Fernando y la hermosa y arbolada calle Juárez. El segundo, cuando se estrenó El Cid, con Charlton Heston. Fue para los tlalpeños un verdadero shock cultural en cinemascope y technicolor.
Me parece bien que las autoridades delegacionales hayan recuperado y remozado al cine Tlalpan, para transformarlo en el auditorio Ollin Kan. Lástima, sin embargo, que jamás se podrá rescatar su antigua grandeza de sala piojito que hoy nos causa a algunos, ¡ay!, tanta nostalgia.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Leyla

Los años de secundaria son propicios para el amor platónico. Sobre todo si se está en una escuela mixta. Leyla se llamaba ella. Iba en tercero A y yo en tercero C. Ambos en la secundaria No. 29, en Tlalpan. Era 1969. A lo largo de diez largos meses me había limitado a contemplarla a diario, durante los descansos de diez minutos entre clase y clase, sin atreverme a hablarle. Ella no se daba cuenta, ya que la miraba desde prudente distancia. Mis amigos se burlaban de mí. "Ya llégale", "no seas pendejo", etcétera. Pero era una diosa y me intimidaba. Morena, esbelta, de largo, sedoso y lacio cabello oscuro, con un rostro perfecto y unas piernas maravillosas bajo su faldita de escolapia. De origen libanés, Leyla era sin duda la muchacha más bella de la secundaria y la más bella que yo haya visto jamás.
  Último día de clases. Último día y, por ende, quizá la última oportunidad de conocer a aquella diva. A la hora de la salida, un amigo me instó a hablarle, pero no me atreví. De pronto, me abrazó por los hombros y me hizo girar ciento ochenta grados. Lo que vi entonces fue impresionante. Frente a mí estaba ella, Leyla, acompañada por dos amigas.
  -Te presento a Hugo -dijo mi cuate.
  Aterrado, me sonrojé como nunca y sólo atiné a decirle que había escrito una obra de teatro (en realidad sólo era el primer acto) y que me gustaría que ella interpretara el papel principal. Sonrió amable. Me dijo que le pasara una copia. Se despidió. Y se fue.
  Jamás la volví a ver. Nada supe de ella. No tuve manera de localizarla. Supongo que se habrá casado con un hombre rico. Tal vez tuvo varios hijos y hoy es una señora gorda de cincuenta y cinco años. Aun así, si alguien la conoce, díganle que todavía conservo la obrita teatral y que tengo una sobrina de veintiséis años que, en su honor, también se llama Leyla.

domingo, 2 de octubre de 2011

Mi 2 de octubre

Mi hermana Myrna nació el primero de octubre, pero todos nos confundimos y cada año le preguntamos si su cumpleaños es el día 2. Así de marcada está la fecha en el subconsciente colectivo. “2 de octubre no se olvida” es una frase ya tan estatuaria y broncilínea como “El respeto al derecho ajeno es la paz”, “Va mi espada en prenda, voy por ella”, “Si tuviera parque, no estaría usted aquí”, “Tierra y libertad”, “Defenderé al peso como un perro”, “… ¿y yo por qué?” o “… y ahora, ¿quién podrá defendernos?” (esta última de aplastante actualidad). La conmemoración de la matanza de Tlatelolco se ha convertido en efeméride que poco dice a las nuevas generaciones y que sirve de coartada ideológica para los nostálgicos que siguen atados a los años sesenta. El victimismo masoquista al cual tan afectos somos los mexicanos encuentra en lo ocurrido el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas, una razón para la lamentación y el duelo, así sea de lengua para afuera.
  En el olímpico año 68, yo tenía escasos trece años, cursaba el segundo de secundaria y viví el movimiento estudiantil de manera más o menos indirecta. Mi hermano Sergio y mi primo Javier iban a las manifestaciones y este último incluso estuvo arrestado un par de días. En la secun (oficial) se nos dijo un día que los estudiantes querían tomar las instalaciones y hasta preparamos una defensa de las mismas (chale).
  Como yo era asiduo lector de Los Supermachos de Rius, simpatizaba con el movimiento. Me enteré del tlatelolcazo al día siguiente, por los diarios, pero sin comprender la magnitud de la masacre. Luego vinieron los Juegos Olímpicos y como casi todos, me clavé en las hazañas del Tibio Muñoz y el sargento Pedraza y en la gracia y belleza de la gimnasta rusa Natasha Kusinskaya.
  Así se me fue el 68. Ya luego entraría en la dinámica del 2 de octubre no se olvida, gracias a mi militancia de izquierda. Hoy sólo me queda decir que aparte de la matanza de Tlatelolco, en esa fecha se festeja también el día del Ángel de la guarda, ése que nos tiene tan abandonados.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Raúl Prieto

Para sus seres queridos, para su gente cercana, la muerte de Raúl Prieto Río de la Loza, mejor conocido con su legendario sobrenombre de Nikito Nipongo, no fue algo del todo inesperado. Una larga enfermedad lo tuvo postrado durante cerca de un año y los últimos tres meses se vio privado incluso de todo movimiento corporal. Frente a eso, ante la imposibilidad de escribir, el hombre de ochenta y cinco años pareció no ver razón alguna para seguir adelante. Su muerte, el 19 de septiembre de 2003, fue una forma de decir que había llegado la hora de descansar de su larga trayectoria como crítico del español que se mal usa en México, España y todos los países de habla hispana y como cuestionador implacable de la estupidez. Descanse en paz el terror de los pedantes académicos de la lengua, de las vacas sagradas de la cultura nacional, de los presuntos escritores y periodistas que carecen de sentido sintáctico y a veces hasta ortográfico, de los publicistas que destrozan impunemente al idioma, de los políticos mexicanos y su sempiterna imbecilidad.
  Conocí a don Raúl en la década de los sesenta, siendo yo un niño, por la muy cercana amistad que había entre su familia y el lado paterno de la mía. Su hijo Pablo y yo éramos –y seguimos siendo- más o menos de la misma edad. Sin embargo, yo no tenía la menor idea de que aquel señor que parecía siempre gruñón y enfadado tenía un alter ego de nombre Nikito Nipongo, quien desde 1949 escribía una columna itinerante llamada “Perlas japonesas”, en la cual hacía pomada tanto a quienes mal hablaban y mal escribían el castellano como a todo tipo de funcionarios y otras lacras, cuyas corruptelas e idioteces eran blanco de su aguda y sardónica pluma. En 1991 coincidimos como colaboradores de la sección cultural de El Financiero, donde tuve la oportunidad de saludarlo más de una vez.
  Raúl Prieto nació en San Pedro de los Pinos, en el Distrito Federal (y no en la inexistente “Ciudad de México”, como él siempre insistía), "al término de la Primera Guerra Mundial". Fue autor de numerosos libros, entre los cuales destacan El Diccionario, Madre Academia, ¡Vuelve la Real Madre Academia! y Museo Nacional de Horrores. Colaboró -con sus ya mencionadas "Perlas Japonesas"- en los diarios Excelsior, Novedades, La Jornada y El Financiero, así como en las revistas Siempre! y Sucesos.
  Tuve la fortuna de entrevistarlo en febrero de 2002, en su casa de la colonia Roma. Una parte de esa charla se publicó en Milenio Semanal, el 31 de marzo del mismo año. La otra parte versó específicamente sobre su experiencia como crítico y la publiqué en La Mosca en la Pared. Lo recuerdo en bata, un tanto enfermo, aunque nada me hizo imaginar que su padecimiento se agravaría algunos meses más tarde. A pesar de su malestar, fue muy atento y cordial y era claro que su memoria y su agudeza permanecían intactas. Su voz gastada no ocultaba los matices irónicos de sus comentarios. He aquí el segmento que no se publicó en Milenio Semanal de la que quizás haya sido la última entrevista de don Raúl Prieto para algún medio.


¿Qué tan importante es la crítica?
Yo creo que es conveniente que exista. En lo personal, la practico como algo natural. Para mí es una diversión. Cuando veo que algo que ha sido publicado está mal escrito, en seguida trato de enmendarlo. No me interesa quién lo haya redactado o quién lo haya dicho, a mí sólo me importa señalar lo que aparece impreso. En general no trato de molestar al autor, aunque algunos me la refrescan cuando los critico. Pero no siempre es así. Por ejemplo, en cierta ocasión el maestro Luis Herrera de la Fuente confundió a la pirámide de Cuicuilco y dijo "la pirámide de Copilco". Yo lo critiqué en mi columna y don Luis reconoció que había metido las patas, me dio las gracias por televisión y de ahí nació una amistad que continúa hasta hoy. Don Luis no es un acomplejado. Se da cuenta de que ha cometido un error, lo reconoce y ya. Es muy importante que la crítica exista en todos los géneros. Por ejemplo, en el cine. De joven yo leía las críticas cinematográficas de Xavier Villaurrutia y me servían mucho, porque en general cuando este cuate juzgaba las películas tenía razón. También en política la crítica es muy importante, aunque los políticos suelen ser unos cretinazos que se molestan cuando se les cuestiona. Pero cuando un presidente, enfrente de la Real Academia de la Lengua, demuestra que es un ignorante y dice barbaridades como esa de "José Luis Borgues", se le tiene que señalar, aunque luego diga que la prensa dice puras babosadas.

¿Tiene usted alguna fórmula para hacer crítica?
No. Simplemente encargo varios periódicos y revistas, los reviso y por fortuna siempre encuentro perlas en ellos. Es una industria que no se acaba. Entonces, no me limito a los textos hablados o escritos, sino a toda clase de imbecilidades.

¿Qué opina de la famosa frase "el crítico es un artista frustrado"?
Bueno, yo no me considero un artista frustrado. Tengo muchos libros publicados y una carrera periodística larguísima. Son tonterías, mentiras. Algunas veces me han dicho amargado, pero no tiene caso molestarse por eso. ¿Cómo podría contestarles? ¿Con insultos? Además, a lo largo de mi carrera, la mayor parte de las cartas y llamadas que recibo son para felicitarme o para comentarme cosas en buen plan.

Hay otro lugar común que afirma que la crítica debe ser positiva y no negativa.
Esas son mamadas. La crítica debe ser destructiva. Si no, no es crítica. Ahora, yo podría escribir en contra del texto de una persona porque me cae mal. Ahí habría una trampa de mi parte. Por eso tengo que sujetarme al escrito, sin importar quién lo haga. El escrito tiene su independencia, sus virtudes, sus defectos, sus desaseos y a ellos y no a su autor es a lo que debo abocarme.

¿Puede haber crítica objetiva o siempre es subjetiva?
Claro, es obvio, es natural que deba ser subjetiva. Por ejemplo, si yo critico la forma de expresarse de Vicente Fox, no es simplemente por ganas de criticarlo, sino porque cometió un error. Eso es independiente de lo que yo pueda pensar de él o de que sea protector de funcionarias cursis como Josefina Vázquez Mota. A esa señora se le ocurrió quitar el nombre que tenía el Instituto Nacional de la Senectud, perfectamente bien nombrado por don Euquerio Guerrero, su fundador, quien no quiso llamar a los viejos "ancianos", "rucos" o "vetarros", sino "senectos", que es más delicadito. Pero no, gracias a esta santa mujer, ahora el organismo se llama Instituto Nacional de los Adultos en Plenitud. Igual que uno de sus programas políticos se llama "Contigo". Por demás cursi y estúpido.

¿Cómo se imagina usted un mundo en el cual no existiera la crítica?
Bastante aburrido. Ni siquiera puedo concebirlo.


Algunas Perlas japonesas*

En Interviu, publicación madrileña, apareció una foto de Thalía al lado del siguiente texto: “La novia de México. Así la llaman en su país y así quiere que se le conozca en España, donde ya comenzaban a definirla como la Martha Sánchez mexicana”. Esta Martha, encueratriz española, ha ganado fama en su tierra por sus buenas tetas y, a la vez, por sus pobres nalguitas –las de Thalía, en cambio, son muy apreciables. En cuanto a aquello de La novia de México, título que pretende adjudicarse Thalía, todos sabemos que con justicia pertenece a Juan Gabriel.

* * * * *

El cineasta Rubén Gámez señala en una entrevista: “Tequila es un film; film, no filme”. Don Rubén se niega a castellanizar la voz inglesa film (película), si se trata del sustantivo; mas no tiene empacho en traducir el verbo to film al español; o ¿qué acaso dice “voy a film una escena” en vez de “voy a filmar una escena”? Entonces sea congruente, señor Gámez y, si usa filmar, use también filme y déjese de jaladas.

* * * * *

Tradujeron en México el título inglés de una cinta, Dad, rebautizándola Mi viejo. Se trata de una versión argentina, no mexicana: acá decimos mi papá o mi jefe. Si en México alguien se refiere a su viejo es la señora que habla de su marido.

* * * * *

En el semanario Etcétera, Fabricio Mejía Madrid afirma: “La población se volca en las calles”. -¿Se volca?- pregunta estupefacta mi secretaria Macuca Toluca. –Quizá también se colga declarándose en holga, como conta cuando almorza, según sole hacerlo, pues así ni se las hole ni se forza ni se torce, sin importar si se amola porque su cautín no solda, pues no lo renova.

* * * * *

El jueves 7 de abril de 1997, al llevar su espesa humanidad a las ruinas de Chichen Itza para colaborar en su deterioro, el señor Luciano Pavarotti declaró: “Es un privilegio estar en tierra maya y compartir (sic) una cultura que tuvo contacto con extraterrestres”. Algunos aplaudieron, en vez de que todo el público le aventara huevos podridos.

(*Tomadas del libro Perlas japonesas. Nikito Nipongo. Lectorum. 2001).

sábado, 19 de marzo de 2011

Rita Guerrero


Conocí a Rita Guerrero en 1995, cuando estaba yo trabajando en la elaboración del libro de entrevistas Rock bajo palabra que me había encargado Andrés Ramírez, de la editorial Planeta, volumen que finalmente nunca vio la luz. Mi amiga, la fotógrafa Yuriria Pantoja, me ayudó a conseguir a las bandas a entrevistar y fue el caso de Santa Sabina, con cuyos integrantes platiqué una noche, en un restaurante del centro de Coyoacán, donde nos citamos. No era la primera vez que veía a Rita en persona, ya que la había escuchado al frente del grupo, en un concierto celebrado en uno de los pasillos del Estadio Azteca, en 1993, en algo que se llamaba algo así como La Ola Azteca. Aquella vez en Coyoacán, charlé con ella, con Alex Otaola, con Patricio Iglesias y con Poncho Figueroa. Con todos mantendría, de una u otra manera, cierto grado de amistad que con algunos de ellos perdura, sobre todo con Otaola.
  Más tarde, a lo largo de la historia de La Mosca en la Pared, la vi en tres o cuatro ocasiones más. La más singular fue en 1997, cuando hicimos la sesión de fotos de la famosa portada de la revista (la No. 19) en la cual aparecían ella y Julieta Venegas en una escena lésbico vampiresca que causó sensación y la convirtió en una carátula de culto entre los lectores moscosos. También fue memorable la entrevista que les hice a Rita y su marido, Aldo Max, para el número 107, acerca de lo que significaba ser músicos, padres y esposos. Las imágenes de esa mañana (de Diana Barreto) son maravillosas y reflejan la felicidad de la pareja y su hijo Claudio, entonces de pocos meses de edad.

  Rita siempre me pareció muy simpática y agradable. Muy inteligente también. Poseía un sentido del humor bastante negro y una risa muy peculiar (recuerdo en particular una plática muy divertida con ella y con Poncho, en el lugar donde ensayaban, a un lado de las oficinas de Discos Antídoto, por allá de 2003). Por lo que pude apreciar asimismo, en el fondo era más bien tímida e introspectiva.
  La última vez que pude saludarla fue en 2009, al termino de un concierto al aire libre de Los Músicos de José, en el CNA. La recuerdo muy sonriente, con el pequeño Claudio en brazos. ¿Cómo imaginar que no volvería a verla jamás, al menos en esta vida?
  La muerte de Rita Guerrero, el pasado viernes 11 de marzo, no deja de ser impactante y conmovedora, aunque ya se conocíera la gravedad de su estado físico. A pesar de su lucha contra el cáncer, no le fue posible derrotarlo y debió darse por vencida.
Cuánto la vamos a extrañar.

jueves, 10 de marzo de 2011

Una vida de historieta


Llegué al mundo de la historieta de manera inesperada, prácticamente accidental. Corría el año de 1979. Mi primo Arturo Espinosa Michel –quien había aprendido a dibujar “muñequitos” con el legendario Antonio Gutiérrez (Lágrimas, Risas y Amor)- supo que en Editorial Posada estaban solicitando gente para las diversas especialidades que exige una historieta. Como sabía que a mí me gustaba escribir y que me acababa de quedar sin trabajo, pensó que me interesaría entrarle como argumentista. En un principio la idea me pareció absurda. ¿Un izquierdoso con aspiraciones intelectualoides como era yo a mis veinticuatro años, convertirme en escritor de esos pasquines que no hacían sino enajenar y estupidizar al pueblo de México? De ninguna manera. Era algo que iba en contra de mis más sagrados e inconmovibles principios ideológicos, fundamentados en el marxismo-leninismo, la devoción por la revolución cubana y mi todavía reciente militancia en el Partido Mexicano de los Trabajadores. Por supuesto que no aceptaría semejante chamba indigna y envilecedora. Nunca de los nuncas. Jamás. Niet!
Al día siguiente, acudí con mi primo a Editorial Posada.


Como desconocía por completo la técnica para armar un guión de historieta y como de hecho hacía años que no leía lo que en mi niñez se conocía como “cuentos” (fui lector infantil básicamente de los productos de la editorial Novaro –Walt Disney, La pequeña Lulú, La zorra y el cuervo, Lorenzo y Pepita, Vidas ejemplares [Dios mío…], Supermán-, aunque también leía algunos comics nacionales como Los Supersabios, La familia Burrón, Kalimán, Tawa el Hombre Gacela y muy especialmente Memín Pinguín -me conocía al dedillo las vidas de Ernestillo, Carlangas, Ricardo, doña Eufrosina, Memín, et al- y Chanoc –con Tzekub Baloyán, Puc y Suc, Pata Larga, el Sobuca, Rogaciana La Chiclera, etcétera- y ya en mis años de escuela secundaria me volví fan de Los Supermachos y Los Agachados de Rius), como era, pues, a esas alturas, un desfasado de la historieta, la noche anterior a mi visita a Posada escribí a máquina (en mi añorada Olivetti Lettera) lo que según yo era una pequeño guión de historieta. Mi primo Arturo llevó excelentes muestras (dibujaba –y dibuja- muy bien) y lo mío era un borrador hecho al aventón, sin la mínima intención de convencer a alguien de las bondades de mi escritura. Cosas de la vida: mi primo fue rechazado y a mí me aceptaron, no sólo como escritor de historietas (don Guillermo Mendizábal Lizalde me dijo que iba a hacer de mí “un gran argumentista”) sino que me ofrecieron (saludos, Ariel Rosales) un puesto como redactor en la revista Natura, de la cual Rosa, mi entonces chava y futura esposa y ex esposa, y yo éramos fieles lectores (ambos vegetarianos convencidos en aquel tiempo). Así, de la manera más impensada, entré al mundo editorial y al submundo de las historietas.

Contra lo que muchos piensan, escribir un guión de historieta no es cosa fácil. Todo lo contrario. Requiere de una técnica que no es sencillo dominar y que cuesta muchos dolores de cabeza. No sólo se trata de crear una historia y llevarla al papel. Es necesario darle una forma determinada, redactar cuadro por cuadro, especificar lo que son los textos superiores –que deben ser cortos y concisos- y diferenciarlos de los diálogos, así como anotar las especificaciones para el dibujante. Pero además hay que crear una atmósfera que depende de la temática de lo que se cuenta, seguir la línea narrativa clásica de principio-desarrollo-clímax-desenlace, dotar a los personajes principales y aun a los secundarios y/o incidentales de personalidad propia, de lógica en sus reacciones y actitudes, de virtudes y defectos, de humanidad, crear suspensos, en fin. En la historieta –en la mexicana por lo menos- se exige que haya como mínimo un héroe y un antagonista, así como un conflicto perfectamente definido (“¿cuál es el conflicto en la historia?” es una pregunta que durante largos años me hicieron innumerables directores y coordinadores en distintas editoriales). Tiene que haber una tensión de principio a fin y una acción constante, ya que las escenas excesivamente dialógadas se vuelven estáticas y aburridas... y por supuesto: nunca debe faltar una buena dosis de erotismo.


Lo anterior nos lleva a hablar de los diversos géneros que puede tocar la historieta, prácticamente tantos como los que se pueden tratar en la novela o el cine. Hay historietas y comics urbanos, rurales, románticos, de aventuras, de época, épicos, de ficción científica, históricos, realistas, fantásticos, de terror, policiacos, carcelarios, del viejo oeste, de artes marciales, mitológicos, humorísticos, picarescos, albureros, rosas y/o abiertamente pornográficos. De hecho, casi siempre se trata de una combinación de varios. Así, por ejemplo, Dinastía, de Editoral Vid, la cual escribí durante cinco años a mediados de los ochenta, era una historieta semanal, de continuación, que se desarrollaba en la Sudáfrica del siglo XIX, en plena guerra de los böers, y que contenía elementos de aventura, intriga, magia, exotismo, racismo, zoología (no confundir con zoofilia), guerra, violencia, traición, ambición, pasión, amor y sexo. En cambio, Casandra, de la misma editorial y para la cual fui una especie de ghost writer de la famosa Yolanda Vargas Dulché, era una historia rosa, romántica, de época, urbana, bastante inocua. Sin embargo, ambas exigían un rigor que quienes están afuera del mundo de la historieta ni siquiera imaginan. Trabajar para doña Yolanda fue tremendamente duro. Acudía yo a su casa y platicábamos la historia, al día siguiente regresaba con varias cuartillas escritas y ella las revisaba y las corregía sin piedad alguna, haciéndome repetirlas una y otra vez. En ocasiones resultaba exasperante, muchas veces la odié, pero aprendí muchísimo de ella, tanto como los rudimentos y primeras técnicas que me enseñó don Guillermo Mendizábal y que a la larga me sirvieron incluso a nivel literario. Mucho le deben las dos novelas que hasta ahora he escrito (Matar por Ángela y La suerte de los feos) a la autodisciplina y a la forma de estructuración escritural que me impuiso la historieta.


Ya que hablo de literatura e historietas, debo decir que son varios los escritores “consagrados” que han intentado escribir argumentos de estas últimas, con poca o ninguna suerte. Lo hicieron, por ejemplo, Ricardo Garibay e Ignacio Solares. Éste llegó a publicar, con Vid, una revista llamada Delirium Tremens, con historias referentes al alcoholismo, pero como que nunca le halló la cuadratura al círculo, a pesar de la asesoría de un consagrado como Guillermo De la Parra (autor ni más ni menos que de la mítica Rarotonga). Lo anterior significa que no cualquiera –por muy novelista o cuestista que sea- es capaz de escribir historieta y que los prestigios literarios no son garantía alguna para pergeñar un buen guión.
Mucho se habla en detrimento de este tipo de lecturas populares. Si algo se dice acaso en su favor es que cuando menos es un medio que hace que mucha gente lea. Sin embargo, se le ataca por sus temáticas, sus contenidos y su pobreza artística (hablo de la historieta mexicana, no del comic de culto). Ambas cosas son ciertas. La historieta permite que infinidad de personas que no leen libros, revistas o diarios practiquen la lectura y no se desalfabeticen. Pero también es verdad que la mayor parte de los títulos dejan mucho que desear.


Haber escrito argumentos para publicaciones como Sensacional de traileros, Sensacional de maistros o Las Chambeadoras no es quizá como para enorgullecerse, pero tampoco para avergonzarse. Finalmente, son revistas que reflejan el modo de ser de muchos mexicanos (y mexicanas) de los más diversos estratos sociales. Son caricaturas, sátiras y por tanto exageraciones del comportamiento erótico nacional, de nuestras represiones sexuales sublimadas en el álbur, la picardía, el chiste verde y el relajo. Escribir historias cómicas y picarescas es lo más difícil en el oficio de un argumentista de historieta. Lograr el ingenio y el manejo del lenguaje de un Daniel Muñoz (El Pantera) o un Juan José Sotelo (ambos, por desgracia, ya fallecidos) es algo muy difícil. Su facilidad para los diálogos de doble sentido y para idear tramas casi molièreanas (de Molière, no de Morelia) los colocan entre los grande humoristas mexicanos de las últimas décadas. Ello para no hablar de grandes dibujantes como Angel Mora (Chanoc, El Payo), Sixto Valencia (Memín Pinguín) y el ya mencionado Antonio Gutiérrez, entre muchos más.
Hoy día, la historieta mexicana vive la que tal vez sea la peor de sus crisis. Fue mi oficio principal y dio de comer a mi familia, de manera más o menos holgada, durante cerca de dos décadas. La dejé hace diez años y no creo volver a ella. No obstante, debo reconocer que en muchos momentos resultó un trabajo muy útil, lucrativo y divertido.